lunes, 21 de septiembre de 2009
Fuera de foco
Eugenia escuchó el sonido leve de la alarma del celular, se levantó, buscó la cartera y sacó el sobrecito de plástico. Miró el recorrido incompleto de los días impreso en el papel metalizado, respiró profundo y soltó de su prisión la pastilla que terminó en su mano. El ritual ya era perfecto. Los movimientos discretos hacían de ese último acto de individualidad del día un evento casi imperceptible para el resto del mundo.
El ruido del gas escapando de una botella de Coca-Cola recién abierta la devolvió al living de Julia, donde estaba comiendo unas pizzas con sus amigas del trabajo. Se sentó de nuevo y trató de mostrar interés por el debate sobre modelos de cochecitos para bebes. El consenso final entre Julia y Mariela había sido que el de tres ruedas era la mejor opción. Mariela ya había tenido a Felipe hacía unos meses y Julia trataba de llegar al mes nueve con toda la información posible, como si la decisión anticipada del cochecito o la conversación sobre el color de caca durante el comienzo de la lactancia pudiera apurar el tranco del embarazo.
Eugenia sintió que ya había visto esa película. Podía repetir casi de memoria las charlas previas a cada uno de los casamientos de su grupo de amigas. Todas se casaron en menos de un año, como afectadas por una epidemia. Y las charlas previas a cada casamiento agotaron las opciones de cotillón, de catering, del fotógrafo, la disyuntiva entre comida-baile-comida o comida primero, baile después. Recordó sus miedos de aquellos días y se sintió ahogada por la inercia.
Miró la hora y llamó un taxi. Dejó caer un chau, chicas, nos vemos mañana, y a casa. Sacó las llaves de la cartera en la puerta, saludó al guardia y ya desde el ascensor escuchó el televisor prendido. Abrió la puerta y vio a Mariano en el sofá nuevo. Era un tapizado de tela de un color claro pero medio apagado. No era una maravilla pero era cómodo. Varios meses habían ahorrado para el “proyecto living” y ahí estaba el sofá, mofándose del momento, sin rastros de vida encima.
– ¿Cómo la pasaste? ¿Las chicas bien?
– Bien, sí. Ahí andan. Julia ya está de tres meses.
Se sacó el tapado, revolvió la cartera para buscar el celular y cuando encontró el sobrecito de plástico dijo sin inmutarse, rendida:
– Hoy tomé la última pastilla.
Él se la quedó mirando con una sonrisa de felicidad que Eugenia veía fuera de foco, con interferencias. Se dejó caer en el sillón y sintió cómo él la abrazaba. Estaban pasando una serie vieja. Al rato le dio sueño y se acostó pensando en lo que había leído en el prospecto acerca de la mayor fertilidad en el primer mes después de interrumpir las pastillas. Soñó algo esa noche pero no pudo retenerlo a la mañana siguiente.
***
Pasaron los días y confirmó que no le venía. Estaba segura de que había sido la noche después del casamiento de Alejandro, un compañero de oficina de Mariano. Se fue sola a la farmacia antes de ir al trabajo; se cruzó con Julia, que ya tenía una panza visible, se tomaron un té en la cocina del piso y sin decir nada se fue sola al baño. Rompió la caja después de luchar en vano con la cinta adhesiva que cerraba la tapa, sacó el recipiente de plástico y leyó el prospecto. Trató de hacer pis pero no pudo por los nervios. Se entretuvo unos minutos leyendo las instrucciones en portugués y hasta se animó a reírse de que el test de embarazo estuviese fabricado en China, nada menos. Un poco más relajada ya, le vinieron ganas y llenó generosamente el recipiente. Lo apoyó sobre la tapa del inodoro y se quedó con los ojos perdidos en la unión de dos azulejos. Dejó el palito sumergido un poco más del tiempo que decían las instrucciones. Cuando lo miró, ahí estaban las dos rayitas en un color rosa pálido. Se mantuvo quieta un instante, tiró el pis y sacó el celular de la cartera. Estoy embarazada —escribió en el sms— y se quedó mirando la pantalla esperando lo obvio. Cinco segundos tardó en sonar el celular:
– Dale, te espero a esa hora en la puerta y vamos a comer afuera. Beso. Yo también.
Se sentó de nuevo en el inodoro y empezó a llorar en silencio. Cuando se recompuso, volvió a su escritorio, mandó unos mails para armar la consabida cena familiar sin explicación de motivos, para que fuera una “sorpresa”, aunque todos sabían, esperaban, lo que se venía. Odiaba los anuncios.
Cuando vio parar el auto de Mariano en la puerta, alcanzó a ver su sonrisa a través del parabrisas y otra vez estaba fuera de foco. Se saludaron con un beso y un abrazo en la vereda y se fueron con destino a Palermo. Mariano la miró cómplice y le dijo:
– Sushi hoy no.
El médico confirmó el embarazo a los pocos días con el análisis de sangre. Era una formalidad, porque Eugenia se sentía embarazada. “Les” dio turno para una ecografía y los despachó con un felicitaciones que sonó convincente.
Las cuatro semanas siguientes recibieron llamados, visitas y hasta regalos. Mariano se encargó de avisarle a todo el mundo que “estaban embarazados”. Cuando Julia y Mariela se enteraron, se volvieron locas y empezaron con el recitado de recomendaciones para cada momento del embarazo. Las babuchas para andar cómoda, dejar de comer con tanta sal por las piernas, las cremas para las estrías. No hubo cosa que ella pudiera hacer para frenar la invasión oral de sus amigas. Hasta su suegra se instaló un par de días en el departamento para compartir la noticia. Todo era una revolución, empezando por su cabeza, agotada ya de las consecuencias.
La noche anterior a la ecografía se sintió rara. Estaban sentados en el sofá mirando una película en silencio cuando una puntada cerca del ombligo la hizo doblarse sobre sí misma. Mariano preguntó qué pasaba, pero ella lo despachó con un no pasa nada. Al rato se fue a dormir sin más explicación. No pudo descansar bien. Se despertó agotada y con el recuerdo, ahora claro, de un sueño repetido, el mismo que había tenido la noche que tomó la última pastilla: un ramo de flores rojas sobre la cama.
Se levantó con una sensación horrible de vacío en el estómago y corrió al baño. Vomitó dos veces, con dolorosas arcadas. Mariano preguntó desde la cama si todo estaba bien; ella no pudo contestarle. Cuando llegó a la puerta la encontró con los codos sobre el inodoro, agarrándose el pelo. Mariano le dijo que los vómitos eran normales en esa etapa del embarazo. Con un dolor punzante en el vientre, Eugenia lo miró con los ojos inyectados en sangre y le dijo:
– ¿Por qué no te vas a la mierda?
Subieron al taxi y Mariano indicó que iban a Pueyrredón y Santa Fe. El taxista intentó hacer algún comentario amable, suponiendo que se trataba de un embarazo, pero el clima en ese asiento trasero era imposible. Llegaron, él pagó con un billete de veinte y ni siquiera esperó el vuelto. Bajó detrás de ella, que había poco menos que saltado del auto en movimiento.
Cuando entraron a la sala de espera, una enfermera le indicó a Eugenia que fuera a una salita en la que podía ponerse una bata. El doctor la buscaría para la revisación y luego llamarían a su marido para que presenciara la ecografía.
Pasaron unos diez minutos hasta que la enfermera lo hizo pasar. Eugenia estaba en una camilla con respaldo móvil, que le permitía ver el monitor del ecógrafo con comodidad. El Dr. Grinberg lo invitó a sentarse al lado suyo, mientras humectaba la panza todavía imperceptible con un gel algo frío. Cuando acercó el aparato, Eugenia cerró los ojos y no pudo frenar una lágrima que se escapó de su ojo derecho. Mariano la vio pero no dijo nada; pensó que estaba emocionada. Mientras tanto, el doctor les explicó que en la pantalla se vería una forma todavía muy pequeña, pero que lo importante era detectar los latidos del corazón que estaría recién empezando a dar vida al feto.
Frotó primero el transductor con el gel, para que corriera más fácil sobre la piel, y empezó a buscar las imágenes por debajo de la línea del ombligo. Recorría la zona de arriba a abajo, de un lado al otro, con insistencia. Eugenia tenía los ojos cerrados; Mariano mantenía la sonrisa en el rostro, ya pensaba en nombres, en colores para el cuarto. El Dr. Grinberg seguía moviendo el transductor con impaciencia; la mirada relajada y la autosuficiencia se le borraron de repente de la cara. Movió una perilla con el rótulo “input” y aclaró que estaba ajustando la sensibilidad del micrófono. Siguió con su recorrido metódico por toda la panza de Eugenia, sin decir una palabra. Nada. Ni un sonido, ni un movimiento. Nada.
– ¿Cuál es la cabeza?, preguntó Mariano.
Eugenia abrió los ojos y lo miró en silencio, tratando de entender cómo no se daba cuenta de lo que estaba pasando. Lo vio sonriendo en una imagen otra vez fuera de foco. Giró la cabeza hacia el médico y preguntó sin preámbulos:
– ¿Va a hacer falta un raspaje?
Desconcertado por la frialdad de sus palabras, Grinberg sólo pudo decir en voz baja:
– Lo esperable es que baje solo, pero si no, debemos hacer la intervención. Es muy sencilla, pero requiere anestesia general, dijo
– ¿Anestesia?, dijo Mariano, ya en tono más serio.
– El feto está muerto, Mariano, ¿no te das cuenta que no hay latidos?
Todo lo demás fue silencio. Ni siquiera miradas. Bajaron por las escaleras sin esperar el ascensor. Cuando llegaron a la puerta de la clínica Eugenia vio la entrada del subte “D” y preguntó:
– ¿Te lo tomás acá? Te veo después en casa. Lo seco del tono de voz no dejó margen para más propuestas.
Acompañó el pelo rubio de Mariano mientras bajaba la escalera y desaparecía finalmente de su vista. Respiró hondo, sacó el celular de su cartera y lo tiró en uno de los cestos que cuelgan de los postes de luz, antes de empezar a caminar sin destino cierto por la avenida.
sábado, 12 de septiembre de 2009
martes, 1 de septiembre de 2009
El porquerizo, por Hans C. Andersen
Érase una vez un príncipe que andaba mal de dinero. Su reino era muy pequeño, aunque lo suficiente para permitirle casarse, y esto es lo que el príncipe quería hacer.
Sin embargo, fue una gran osadía por su parte el irse derecho a la hija del Emperador y decirle en la cara: -¿Me quieres por marido?-. Si lo hizo, fue porque la fama de su nombre había llegado muy lejos. Más de cien princesas lo habrían aceptado, pero, ¿lo querría ella?
Pues vamos a verlo.
En la tumba del padre del príncipe crecía un rosal, un rosal maravilloso; florecía solamente cada cinco años, y aun entonces no daba sino una flor; pero era una rosa de fragancia tal, que quien la olía se olvidaba de todas sus penas y preocupaciones. Además, el príncipe tenía un ruiseñor que, cuando cantaba, se habría dicho que en su garganta se juntaban las más bellas melodías del universo. Decidió, pues, que tanto la rosa como el ruiseñor serían para la princesa, y se los envió encerrados en unas grandes cajas de plata.
El Emperador mandó que los llevaran al gran salón, donde la princesa estaba jugando a «visitas» con sus damas de honor. Cuando vio las grandes cajas que contenían los regalos, exclamó dando una palmada de alegría:
-¡A ver si será un gatito! -pero al abrir la caja apareció el rosal con la magnífica rosa.
-¡Qué linda es! -dijeron todas las damas.
-Es más que bonita -precisó el Emperador-, ¡es hermosa!
Pero cuando la princesa la tocó, por poco se echa a llorar.
-¡Ay, papá, qué lástima! -dijo-. ¡No es artificial, sino natural!
-¡Qué lástima! -corearon las damas-. ¡Es natural!
-Vamos, no te aflijas aún, y veamos qué hay en la otra caja -aconsejó el Emperador; y salió entonces el ruiseñor, cantando de un modo tan bello, que no hubo medio de manifestar nada en su contra.
-¡Superbe, charmant! -exclamaron las damas, pues todas hablaban francés a cual peor.
-Este pájaro me recuerda la caja de música de la difunta Emperatriz -observó un anciano caballero-. Es la misma melodía, el mismo canto.
-En efecto -asintió el Emperador, echándose a llorar como un niño.
-Espero que no sea natural, ¿verdad? -preguntó la princesa.
-Sí, lo es; es un pájaro de verdad -respondieron los que lo habían traído.
-Entonces, dejadlo en libertad -ordenó la princesa; y se negó a recibir al príncipe.
Pero éste no se dio por vencido. Se embadurnó de negro la cara y, calándose una gorra hasta las orejas, fue a llamar a palacio.
-Buenos días, señor Emperador -dijo-. ¿No podríais darme trabajo en el castillo?
-Bueno -replicó el Soberano-. Necesito a alguien para guardar los cerdos, pues tenemos muchos.
Y así el príncipe pasó a ser porquerizo del Emperador. Le asignaron un reducido y mísero cuartucho en los sótanos, junto a los cerdos, y allí hubo de quedarse. Pero se pasó el día trabajando, y al anochecer había elaborado un primoroso pucherito, rodeado de cascabeles, de modo que en cuanto empezaba a cocer las campanillas se agitaban, y tocaban aquella vieja melodía:
¡Ay, querido Agustín, todo tiene su fin!
Pero lo más asombroso era que, si se ponía el dedo en el vapor que se escapaba del puchero, enseguida se adivinaba, por el olor, los manjares que se estaban guisando en todos los hogares de la ciudad. ¡Desde luego la rosa no podía compararse con aquello!
He aquí que acertó a pasar la princesa, que iba de paseo con sus damas y, al oír la melodía, se detuvo con una expresión de contento en su rostro; pues también ella sabía la canción del "Querido Agustín". Era la única que sabía tocar, y lo hacía con un solo dedo.
-¡Es mi canción! -exclamó-. Este porquerizo debe ser un hombre de gusto. Oye, vete abajo y pregúntale cuánto cuesta su instrumento.
Tuvo que ir una de las damas, pero antes se calzó unos zuecos.
-¿Cuánto pides por tu puchero? -preguntó.
-Diez besos de la princesa -respondió el porquerizo.
-¡Dios nos asista! -exclamó la dama.
-Éste es el precio, no puedo rebajarlo -, observó él.
-¿Qué te ha dicho? -preguntó la princesa.
-No me atrevo a repetirlo -replicó la dama-. Es demasiado indecente.
-Entonces dímelo al oído -. La dama lo hizo así.
-¡Es un grosero! -exclamó la princesa, y siguió su camino; pero a los pocos pasos volvieron a sonar las campanillas, tan lindamente:
¡Ay, querido Agustín, todo tiene su fin!
-Escucha -dijo la princesa-. Pregúntale si aceptaría diez besos de mis damas.
-Muchas gracias -fue la réplica del porquerizo-. Diez besos de la princesa o me quedo con el puchero.
-¡Es un fastidio! - exclamó la princesa -. Pero, en fin, poneos todas delante de mí, para que nadie lo vea.
Las damas se pusieron delante con los vestidos extendidos; el porquerizo recibió los diez besos, y la princesa obtuvo la olla.
¡Dios santo, cuánto se divirtieron! Toda la noche y todo el día estuvo el puchero cociendo; no había un solo hogar en la ciudad del que no supieran lo que en él se cocinaba, así el del chambelán como el del remendón. Las damas no cesaban de bailar y dar palmadas.
-Sabemos quien comerá sopa dulce y tortillas, y quien comerá papillas y asado. ¡Qué interesante!
-Interesantísimo -asintió la Camarera Mayor.
-Sí, pero de eso, ni una palabra a nadie; recordad que soy la hija del Emperador.
-¡No faltaba más! -respondieron todas-. ¡Ni que decir tiene!
El porquerizo, o sea, el príncipe -pero claro está que ellas lo tenían por un porquerizo auténtico- no dejaba pasar un solo día sin hacer una cosa u otra. Lo siguiente que fabricó fue una carraca que, cuando giraba, tocaba todos los valses y danzas conocidos desde que el mundo es mundo.
-¡Oh, esto es superbe! -exclamó la princesa al pasar por el lugar.
-¡Nunca oí música tan bella! Oye, entra a preguntarle lo que vale el instrumento; pero nada de besos, ¿eh?
-Pide cien besos de la princesa -fue la respuesta que trajo la dama de honor que había entrado a preguntar.
-¡Este hombre está loco! -gritó la princesa, echándose a andar; pero se detuvo a los pocos pasos-. Hay que estimular el Arte -observó-. Por algo soy la hija del Emperador. Dile que le daré diez besos, como la otra vez; los noventa restantes los recibirá de mis damas.
-¡Oh, señora, nos dará mucha vergüenza! -manifestaron ellas.
-¡Ridiculeces! -replicó la princesa-. Si yo lo beso, también pueden hacerlo ustedes. No olviden que les mantengo y les pago-. Y las damas no tuvieron más remedio que resignarse.
-Serán cien besos de la princesa -replicó él- o cada uno se queda con lo suyo.
-Poneos delante de mí -ordenó ella; y, una vez situadas las damas convenientemente, el príncipe empezó a besarla.
-¿Qué alboroto hay en la pocilga? -preguntó el Emperador, que acababa de asomarse al balcón. Y, frotándose los ojos, se caló los lentes-. Las damas de la Corte que están haciendo de las suyas; bajaré a ver qué pasa.
Y se apretó bien las zapatillas, pues las llevaba muy gastadas.
¡Demonios, y no se dio poca prisa!
Al llegar al patio se adelantó callandito, callandito; por lo demás, las damas estaban absorbidas contando los besos, para que no hubiese engaño, y no se dieron cuenta de la presencia del Emperador, el cual se levantó de puntillas.
-¿Qué significa esto? -exclamó al ver el besuqueo, dándole a su hija con la zapatilla en la cabeza cuando el porquerizo recibía el beso número ochenta y seis.
-¡Fuera todos de aquí! -gritó, en el colmo de la indignación. Y todos hubieron de abandonar el reino, incluso la princesa y el porquerizo.
Y he aquí a la princesa llorando, y al porquerizo regañándole, mientras llovía a cántaros.
-¡Ay, mísera de mí! -exclamaba la princesa-. ¿Por qué no acepté al apuesto príncipe? ¡Qué desgraciada soy!
Entonces el porquerizo se ocultó detrás de un árbol, y, limpiándose la tizne que le manchaba la cara y quitándose las viejas prendas con que se cubría, volvió a salir espléndidamente vestido de príncipe, tan hermoso y gallardo, que la princesa no tuvo más remedio que inclinarse ante él.
-He venido a decirte mi desprecio -exclamó él-. Te negaste a aceptar a un príncipe digno. No fuiste capaz de apreciar la rosa y el ruiseñor, y, en cambio, besaste al porquerizo por una bagatela. ¡Pues ahí tienes la recompensa!
Y entró en su reino y le dio con la puerta en las narices. Ella tuvo que quedarse fuera y ponerse a cantar:
¡Ay, querido Agustín, todo tiene su fin!
jueves, 27 de agosto de 2009
Testamento de August Rodin
Jóvenes que aspiráis a oficiantes de la Belleza, puede que os resulte grato encontrar aquí el resumen de una larga experiencia.
Amad devotamente a los maestros que os precedieron. Inclinaos ante Fidias y ante Miguel Angel. Admirad la divina serenidad del uno; la salvaje angustia del otro. La admiración es un vino generoso para los nobles espíritus.
Guardaos, sin embargo, de imitar a vuestros mayores. Respetuosos de la tradición, sabed discernir lo que ella contiene de eternamente fecundo: el amor a la naturaleza y la sinceridad. Estas son las dos fuertes pasiones de los genios. Todos adoraron la Naturaleza y no mintieron jamás. De este modo la tradición os tiende la llave merced a la cual podréis evadiros de la rutina. Es la propia tradición la que os recomienda interrogar sin cesar la realidad y la que os prohíbe someteros ciegamente a ningún maestro.
Que la naturaleza sea vuestra única diosa. Tened en ella una fe absoluta. Estad. seguros de que nunca es fea y limitad vuestra ambición a serle fieles.
Todo es bello para el artista, puesto que en todo ser y en toda cosa, su penetrante mirada descubre el carácter, es decir la verdad interior que trasparece bajo la forma. Y esta verdad es la belleza misma.
Estudiad religiosamente y no podréis dejar de encontrar la verdad.
Trabajad con encarnizamiento.
Vosotros, estatuarios, fortificad en vosotros el sentido de la profundidad. El espíritu se familiariza difícilmente con esta noción.
Imaginar las formas en espesor le resulta embarazoso. Esta es sin embargo vuestra tarea.
Ante todo estableced netamente los grandes planos de las figuras que vais a esculpir. Acentuad vigorosamente la orientación que vais a dar a cada parte del cuerpo, a la cabeza, a los hombros, a la pelvis, a las piernas. El arte exige decisión. Es por la bien acusada fuga de las líneas, que os sumergiréis en el espacio y que os haréis dueños de la profundidad. Cuando vuestros planos estén definidos, todo ha sido hallado. Vuestra estatua vive ya. Los detalles nacen y se disponen por sí mismos, de seguida.
Cuando modeléis, no penséis en superficie sino en relieve.
Que vuestro espíritu conciba toda superficie como el extremo de un volumen que la empujara desde atrás. Figuraos las formas como si apuntaran hacia vosotros. Toda vida surge de un centro, luego germina y se expande de adentro hacia afuera. Del mismo modo, en toda bella escultura, se adivina siempre una potente impulsión interior. Este es el secreto del arte antiguo.
Vosotros, pintores, observad igualmente la realidad en profundidad.
Mirad, por ejemplo, un retrato pintado por Rafael. Cuando este maestro representa un personaje de frente, hace huir oblicuamente la línea del pecho y es de este modo que nos da la ilusión de la tercera dimensión.
Todos los grandes pintores sondearon el espacio. Es en la noción de espesor que radica la fuerza.
Recordad esto: no hay líneas, sólo existen volúmenes. Cuando dibujéis, no os preocupéis jamás del contorno, sino del relieve. Es el relieve lo que rige el contorno.
Ejercitaos sin descanso. Es preciso extenuarse en el oficio.
El arte no es más que sentimiento. Pero sin la ciencia de los volúmenes, de las proporciones, de los colores, sin la habilidad de la mano, el más vivo de los sentimientos se queda como paralizado. ¿Qué sería del más grande de los poetas en un país extranjero cuya lengua ignorara? En la nueva generación de artistas, hay numerosos poetas que se niegan a aprender a hablar. Es así como no hacen más que balbucear.
¡Paciencia! No contéis con la inspiración. Ella no existe.
Las únicas cualidades del artista son prudencia, atención, sinceridad, voluntad. Cumplid vuestra tarea como honrados obreros.
Sed verídicos, jóvenes. Pero esto no significa: sed vulgarmente exactos. Hay una deleznable exactitud: la de la fotografía y la del calco. El arte solo comienza con la verdad interior. Que todas vuestras formas, todos vuestros colores traduzcan sentimientos.
El artista que se conforma con un simple simulacro y reproduce servilmente los detalles sin valor, no será jamás un maestro. Si habéis visitado algún cementerio italiano, sin duda habréis notado con que puerilidad los artistas encargados de decorar la tumbas se dedican a copiar en sus estatuas, los bordados, los encajes, las trenzas de cabellos. Puede que sean exactos, pero no verídicos, puesto que no se dirigen al alma.
Casi todos nuestros escultores recuerdan a los de los cementerios italianos. En los monumentos de nuestras plazas públicas, no se distinguen más que levitas, mesa, veladores, sillas, máquinas, globos, telégrafos. Nada de verdad interior; nada, pues, de arte. Apartaos de semejante baratillo.
Sed profundamente, ferozmente verídicos. No vaciléis jamás en expresar lo que sintáis, ni siquiera cuando os encontréis en oposición con las ideas corrientes y aceptadas. Puede ocurrir que al principio no seáis comprendidos. Pero vuestro aislamiento será de corta duración. Pronto vendrán amigos hacia vosotros: puesto que lo que es profundamente verdadero para un hombre lo es para todos.
Por lo tanto, nada de gestos, nada de contorsiones para atraer al público. ¡Simplicidad, ingenuidad!
Los más bellos motivos se encuentran delante de vosotros: son aquellos que conocéis mejor.
Mi muy querido y muy grande Eugenio Carriére, que tan pronto nos dejó, demostró su genio pintando a su mujer y a sus hijos. Le bastaba celebrar el amor maternal para ser sublime.
Los maestros son aquellos que miran con sus propios ojos lo que todo el mundo ha visto y que saben percibir la belleza de lo que es demasiado familiar para los otros espíritus.
Los malos artistas calzan siempre los anteojos del prójimo.
La gran cuestión es ser capaz de emoción, de amar, de esperar, de vibrar, de vivir. ¡Ser hombre antes de ser artista! La verdadera elocuencia se burla de la elocuencia, decía Pascal. El verdadero arte se burla del arte. Yo tomo aquí el ejemplo de Eugenio Carriére. En las exposiciones, la mayor parte de los cuadros no son más que pintura; ¡los suyos semejaban, en medio de los otros, ventanas abiertas sobre la vida!
Admitid las críticas Justas. Las reconoceréis fácilmente. Son aquellas que os confirmarán en una duda que os persigue. Pero no os dejéis abatir por aquellas que vuestra conciencia no admite.
No temáis las críticas injustas. Ellas indignarán a vuestros amigos, los obligarán a reflexionar sobre la simpatía que os tienen y la sostendrán más resueltamente cuando disciernan mejor los motivos.
Si sois nuevos en el ejercicio de vuestro arte, no contaréis al principio más que con un corto número de partidarios y una multitud de enemigos. No os descorazonéis. Los primeros triunfarán: pues ellos saben por qué os aman; los otros ignoran por qué les sois odiosos; los primeros están apasionados por la verdad y reclutan sin cesar nuevos adherentes; los otros no demuestran ningún celo durable por su falsa opinión; los primeros son tenaces, los otros giran a todos los vientos. La victoria de la verdad es segura.
No perdáis vuestro tiempo en anudar relaciones mundanas o políticas.
Veréis a muchos de vuestros cofrades llegar por la intriga a los honores y la fortuna: éstos no son verdaderos artistas. Algunos de ellos son, sin embargo, muy inteligentes y si vosotros os ponéis a luchar con ellos en su propio terreno, perderéis tanto tiempo como ellos mismos, es decir toda vuestra existencia: entonces no os quedará ni un minuto para ser artistas.
Amad apasionadamente vuestra misión. No existe otra más bella. Es mucho más alta de lo que el vulgo cree.
El artista da un gran ejemplo.
Adora su oficio: su más preciosa recompensa es la alegría de haber procedido bien. Actualmente, se persuade a los obreros, por desdicha suya, a que odien su trabajo y lo saboteen. El mundo solo será feliz cuando todos los hombres tengan alma de artistas, es decir, cuando todos sientan el placer de su labor.
El arte es aún una magnífica lección de sinceridad.
El verdadero artista expresa siempre lo que piensa, aún a riesgo de hacer tambalear todos los prejuicios establecidos.
De este modo enseña la franqueza a sus semejantes. ¡Imaginemos qué maravillosos progresos se realizarían de pronto si la veracidad absoluta reinara entre los hombres!
¡Qué pronto la sociedad se desprendería de sus errores y sus fealdades francamente confesados y con qué rapidez nuestra tierra se convertiría en un Paraíso!…
sábado, 22 de agosto de 2009
miércoles, 19 de agosto de 2009
The Remarkable Case of Davidson's Eyes, por H. G. Wells
I.
The transitory mental aberration of Sidney Davidson, remarkable enough in itself, is still more remarkable if Wade's explanation is to be credited. It sets one dreaming of the oddest possibilities of intercommunication in the future, of spending an intercalary five minutes on the other side of the world, or being watched in our most secret operations by unsuspected eyes. It happened that I was the immediate witness of Davidson's seizure, and so it falls naturally to me to put the story upon paper.
When I say that I was the immediate witness of his seizure, I mean that I was the first on the scene. The thing happened at the Harlow Technical College just beyond the Highgate Archway. He was alone in the larger laboratory when the thing happened. I was in the smaller room, where the balances are, writing up some notes. The thunderstorm had completely upset my work, of course. It was just after one of the louder peals that I thought I heard some glass smash in the other room. I stopped writing, and turned round to listen. For a moment I heard nothing; the hail was playing the devil's tattoo on the corrugated zinc of the roof. Then came another sound, a smash -- no doubt of. it this time. Something heavy had been knocked off the bench. I jumped up at once and went and opened the door leading into the big laboratory.
I was surprised to hear a queer sort of laugh, and saw Davidson standing unsteadily in the middle of the room, with a dazzled look on his face. My first impression was that he was drunk. He did not notice me. He was clawing out at something invisible a yard in front of his face. He put out his hand, slowly, rather hesitatingly, and then clutched nothing. "What's come to it?" he said. He held up his hands to his face, fingers spread out. "Great Scott!" he said. The thing happened three or four years ago, when everyone swore by that personage. Then he began raising his feet clumsily, as though he had expected to find them glued to the floor.
"Davidson!" cried I. ``What's the matter with you?" He turned round in my direction and looked about for me. He looked over me and at me and on either side of me, without the slightest sign of seeing me. "Waves," he said; "and a remarkably neat schooner. I'd swear that was Bellows's voice. Hullo!" He shouted suddenly at the top of his voice.
I thought he was up to some foolery. Then I saw littered about his feet the shattered remains of the best of our electrometers. "What's up, man?" said I. "You've smashed the electrometer!"
"Bellows again!" said he. "Friends left, if my hands are gone. Something about electrometers. Which way are you, Bellows?" He suddenly came staggering towards me. "The damned stuff cuts like butter," he said. He walked straight into the bench and recoiled. "None so buttery, that!" he said, and stood swaying.
I felt scared. "Davidson," said I, "what on earth's come over you?"
He looked round him in every direction. "I could swear that was Bellows. Why don't you show yourself like a man, Bellows?"
It occurred to me that he must be suddenly struck blind. I walked round the table and laid my hand upon his arm. I never saw a man more startled in my life. He jumped away from me, and came round into an attitude of self-defense, his face fairly distorted with terror: "Good God!" he cried. "What was that?"
"It's I -- Bellows. Confound it, Davidson!"
He jumped when I answered him and stared -- how can I express it? -- right through me. He began talking, not to me, but to himself. "Here in broad daylight on a clear beach. Not a place to hide in." He looked about him wildly. "Here! I'm off ." He suddenly turned and ran headlong into the big electro-magnet -- so violently that, as we found afterwards, he bruised his shoulder and jawbone cruelly. At that he stepped back a pace, and cried out with almost a whimper, "What, in Heaven's name, has come over me?" He stood, blanched with terror and trembling violently, with his right arm clutching his left, where that had collided with the magnet.
By that time I was excited, and fairly excited. "Davidson," said I, "don't be afraid. "
He was startled at my voice, but not so excessively as before. I repeated my words in as clear and firm a tone as I could assume. "Bellows," he said, "is that you?"
"Can't you see it's me?"
He laughed. "I can't even see it's myself. Where the devil are we?" "Here," said I, "in the laboratory."
"The laboratory!" he answered, in a puzzled tone, and put his hand to his forehead. "I was in the laboratory -- till that flash came, but I'm hanged if I'm there now. What ship is that?"
"There's no ship," said I. "Do be sensible, old chap."
"No ship!" he repeated, and seemed to forget my denial forthwith. "I suppose," said he, slowly, "we're both dead. But the rummy part is I feel just as though I still had a body. Don't get used to it all at once, I suppose. The old shop was struck by lightning, I suppose. Jolly quick thing, Bellows -- eigh?"
"Don't talk nonsense. You're very much alive. You are in the laboratory, blundering about. You've just smashed a new electrometer. I don't envy you when Boyce arrives."
He stared away from me towards the diagrams of cryohydrates. "I must be deaf," said he. "They've fired a gun, for there goes the puff of smoke, and I never heard a sound."
I put my hand on his arm again, and this time he was less alarmed. "We seem to have a sort of invisible bodies," said he. "By Jove! there's a boat coming round the headland! It's very much like the old life after all -- in a different climate. "
I shook his arm. "Davidson," I cried, "wake up!"
II.
It was just then that Boyce came in. So soon as he spoke Davidson exclaimed: "Old Boyce! Dead too! What a lark!" I hastened to explain that Davidson was in a kind of somnambulistic trance. Boyce was interested at once. We both did all we could to rouse the fellow out of his extraordinary state. He answered our questions, and asked us some of his own, but his attention seemed distracted by his hallucination about a beach and a ship. He kept interpolating observations concerning some boat and the davits and sails filling with the wind. It made one feel queer, in the dusky laboratory, to hear him saying such things.
He was blind and helpless. We had to walk him down the passage, one at each elbow, to Boyce's private room, and while Boyce talked to him there, and humored him about this ship idea, I went along the corridor and asked old Wade to come and look at him. The voice of our Dean sobered him a little, but not very much. He asked where his hands were, and why he had to walk about up to his waist in the ground. Wade thought over him a long time -- you know how he knits his brows -- and then made him feel the couch, guiding his hands to it. "That's a couch," said Wade. "The couch in the private room of Professor Boyce. Horsehair stuffing."
Davidson felt about, and puzzled over it, and answered presently that he could feel it all right, but he couldn't see it.
"What do you see?" asked Wade. Davidson said he could see nothing but a lot of sand and broken-up shells. Wade gave him some other things to feel, telling him what they were, and watching him keenly.
"The ship is almost hull down," said Davidson, presently, apropos of nothing. "Never mind the ship," said Wade. "Listen to me, Davidson. Do you know what hallucination means?"
"Rather," said Davidson.
"Well, everything you see is hallucinatory." "Bishop Berkeley," said Davidson.
"Don't mistake me," said Wade. "You are alive, and in this room of Boyce's. But something has happened to your eyes. You cannot see; you can feel and hear, but not see. Do you follow me?"
"It seems to me that I see too much." Davidson rubbed his knuckles into his eyes. "Well?" he said.
"That's all. Don't let it perplex you. Bellows, here, and I will take you home in a cab. "
"Wait a bit." Davidson thought. "Help me to sit down," said he, presently; "and now -- I'm sorry to trouble you -- but will you tell me all that over again?"
Wade repeated it very patiently. Davidson shut his eyes, and pressed his hands upon his forehead. "Yes," said he. "It's quite right. Now my eyes are shut I know you're right. That's you, Bellows, sitting by me on the couch. I'm in England again. And we're in the dark."
Then he opened his eyes. "And there," said he, "is the sun just rising, and the yards of the ship, and a tumbled sea, and a couple of birds flying. I never saw anything so real. And I'm sitting up to my neck in a bank of sand."
He bent forward and covered his face with his hands. Then he opened his eyes again. "Dark sea and sunrise! And yet I'm sitting on a sofa in old Boyce's room! -- God help me!"
III.
That was the beginning. For three weeks this strange affection of Davidson's eyes continued unabated. It was far worse than being blind. He was absolutely helpless, and had to be fed like a newly-hatched bird, and led about and undressed. If he attempted to move he fell over things or struck himself against walls or doors. After a day or so he got used to hearing our voices without seeing us, and willingly admitted he was at home, and that Wade was right in what he told him. My sister, to whom he was engaged, insisted on coming to see him, and would sit for hours every day while he talked about this beach of his. Holding her hand seemed to comfort him immensely. He explained that when we left the College and drove home, -- he lived in Hampstead Village -- it appeared to him as if we drove right through a sandhill -- it was perfectly black until he emerged again -- and through rocks and trees and solid obstacles, and when he was taken to his own room it made him giddy and almost frantic with the fear of falling, because going upstairs seemed to lift him thirty or forty feet above the rocks of his imaginary island. He kept saying he should smash all the eggs. The end was that he had to be taken down into his father's consulting room and laid upon a couch that stood there.
He described the island as being a bleak kind of place on the whole, with very little vegetation, except some peaty stuff, and a lot of bare rock. There were multitudes of penguins, and they made the rocks white and disagreeable to see. The sea was often rough, and once there was a thunderstorm, and he lay and shouted at the silent flashes. Once or twice seals pulled up on the beach, bu, only on the first two or three days. He said it was very funny the way in which the penguins used to waddle right through him, and how he seemed to lie among them without disturbing them.
I remember one odd thing, and that was when he wanted very badly to smoke. We put a pipe in his hands -- he almost poked his eye out with it -- and lit it. But he couldn't taste anything. I've since found it's the same with me -- I don't know if it's the usual case -- that I cannot enjoy tobacco at all unless I can see the smoke.
But the queerest part of his vision came when Wade sent him out in a bath- chair to get fresh air. The Davidsons hired a chair, and got that deaf and obstinate dependent of theirs, Widgery, to attend to it. Widgery's ideas of healthy expeditions were peculiar. My sister, who had been to the Dog's Home, met them in Camden Town, towards King's Cross. Widgery trotting along complacently, and Davidson evidently most distressed, trying in his feeble, blind way to attract Widgery's attention.
He positively wept when my sister spoke to him. "Oh, get me out of this horrible darkness!" he said, feeling for her hand. "I must get out of it, or I shall die." He was quite incapable of explaining what was the matter, but my sister decided he must go home, and presently, as they went up the hill towards Hampstead, the horror seemed to drop from him. He said it was good to see the stars again, though it was then about noon and a blazing day.
"It seemed," he told me afterwards, "as if I was being carried irresistibly towards the water. I was not very much alarmed at first. Of course it was night there -- a lovely night. "
"Of course?" I asked, for that struck me as odd.
"Of course," said he. "It's always night there when it is day here -- Well, we went right into the water, which was calm and shining under the moonlight -- just a broad swell that seemed to grow broader and flatter as I came down into it. The surface glistened just like a skin -- it might have been empty space underneath for all I could tell to the contrary. Very slowly, for I rode slanting into it, the water crept up to my eyes. Then I went under, and the skin seemed to break and heal again about my eyes. The moon gave a jump up in the sky and grew green and dim, and fish, faintly glowing, came darting round me -- and things that seemed made of luminous glass, and I passed through a tangle of seaweeds that shone with an oily luster. And so I drove down into the sea, and the stars went out one by one, and the moon grew greener and darker, and the seaweed became a luminous purple-red. It was all very faint and mysterious, and everything seemed to quiver. And all the while I could hear the wheels of the bath-chair creaking, and the footsteps of people going by, and a man with a bell crying coals.
"I kept sinking down deeper and deeper into the water. It became inky black about me, not a ray from above came down into that darkness, and the phosphorescent things grew brighter and brighter. The snaky branches of the deeper weeds flickered like the flames of spirit lamps; but, after a time, there were no more weeds. The fishes came staring and gaping towards me, and into me and through me. I never imagined such fishes before. They had lines of fire along the sides of them as though they had been outlined with a luminous pencil. And there was a ghastly thing swimming backwards with a lot of twining arms. And then I saw, coming very slowly towards me through the gloom, a hazy mass of light that resolved itself as it drew nearer into multitudes of fishes, struggling and darting round something that drifted. I drove on straight towards it, and presently I saw in the midst of the tumult, and by the light of the fish, .a bit of splintered spar looming over me, and a dark hull tilting over, and some glowing phosphorescent forms that were shaken and writhed as the fish bit at them. Then it was I began to try to attract Widgery's attention. A horror came upon me. Ugh! I should have driven right into those half-eaten -- things. If your sister had not come! They had great holes in them, Bellows, and -- Never mind. But it was ghastly!"
IV.
For three weeks Davidson remained in this singular state, seeing what at the time we imagined was an altogether phantasmal world, and stone blind to the world around him. Then, one Tuesday, when I called, I met old Davidson in the passage. "He can see his thumb!" the old gentleman said, in a perfect transport. He was struggling into his overcoat. "He can see his thumb, Bellows!" he said, with the tears in his eyes. "The lad will be all right yet."
I rushed in to Davidson. He was holding up a little book before his face, and looking at it and laughing in a weak kind of way.
"It's amazing," said he. "There's a kind of patch come there." He pointed with his finger. "I'm on the rocks as usual, and the penguins are staggering and flapping about as usual, and there's been a whale showing every now and then, but it's got too dark now to make him out. But put something there, and I see it -- I do see it. It's very dim and broken in places, but I see it all the same, like a faint specter of itself. I found it out this morning while they were dressing me. It's like a hole in this infernal phantom world. Just put your hand by mine. No -- not there. Ah! Yes! I see it. The base of your thumb and a bit of cuff! It looks like the ghost of a bit of your hand sticking out of the darkening sky. Just by it there's a group of stars like a cross coming out."
From that time Davidson began to mend. His account of the change, like his account of the vision, was oddly convincing. Over patches of his field of vision the phantom world grew fainter, grew transparent, as it were, and through these translucent gaps he began to see dimly the real world about him. The patches grew in size and number, ran together and spread until only here and there were blind spots left upon his eyes. He was able to get up and steer himself about, feed himself once more, read, smoke, and behave like an ordinary citizen again. At first it was very confusing to him to have these two pictures overlapping each other like the changing views of a lantern, but in a little while he began to distinguish the real from the illusory.
At first he was unfeignedly glad, and seemed only too anxious to complete his cure by taking exercise and tonics. But as that odd island of his began to fade away from him, he became queerly interested in it. He wanted particularly to go down into the deep sea again, and would spend half his time wandering about the low-lying parts of London, trying to find the water-logged wreck he had seen drifting. The glare of real daylight very soon impressed him so vividly as to blot out everything of his shadowy world, but of a nighttime, in a darkened room, he could still see the white-splashed rocks of the island, and the clumsy penguins staggering to and fro. But even these grew fainter and fainter, and, at last, soon after he married my sister, he saw them for the last time.
V.
And now to tell of the queerest thing of all. About two years after his cure, I dined with the Davidsons, and after dinner a man named Atkins called in. He is a lieutenant in the Royal Navy, and a pleasant, talkative man. He was on friendly terms with my brother-in-law, and was soon on friendly terms with me. It came out that he was engaged to Davidson's cousin, and incidentally he took out a kind of pocket photograph case to show us a new rendering of his fiancée. "And, by-the-by," said he, "here's the old Fulmar."
Davidson looked at it casually. Then suddenly his face lit up. "Good heavens!" said he. "I could almost swear -- "
"What?" said Atkins.
"That I had seen that ship before."
"Don't see how you can have. She hasn't been out of the South Seas for six years, and before then -- "
"But," began Davidson, and then, "Yes -- that's the ship I dreamt of. I'm sure that's the ship I dreamt of. She was standing off an island that swarmed with penguins, and she fired a gun."
"Good Lord!" said Atkins, who had never heard the particulars of the seizure. "How the deuce could you dream that?"
And then, bit by bit, it came out that on the very day Davidson was seized, H.M.S. Fulmar had actually been off a little rock to the south of Antipodes Island. A boat had landed overnight to get penguins' eggs, had been delayed, and a thunderstorm drifting up, the boat's crew had waited until the morning before rejoining the ship. Atkins had been one of them, and he corroborated, word for word, the descriptions Davidson had given of the island and the boat. There is not the slightest doubt in any of our minds that Davidson has really seen the place. In some unaccountable way, while he moved hither and thither in London, his sight moved hither and thither in a manner that corresponded, about this distant island. How is absolutely a mystery.
That completes the remarkable story of Davidson's eyes. It is perhaps the best authenticated case in existence of a real vision at a distance. Explanation there is none forthcoming, except what Professor Wade has thrown out. But his explanation invokes the Fourth Dimension, and a dissertation on theoretical kinds of space. To talk of there being "a kink in space" seems mere nonsense to me; it may be because I am no mathematician. When I said that nothing would alter the fact that the place is eight thousand miles away, he answered that two points might be a yard away on a sheet of paper and yet be brought together by bending the paper round. The reader may grasp his argument, but I certainly do not. His idea seems to be that Davidson, stooping between the poles of the big electro- magnet, had some extraordinary twist given to his retinal elements through the sudden change in the field of force due to the lightning.
He thinks, as a consequence of this, that it may be possible to live visually in one part of the world, while one lives bodily in another. He has even made some experiments in support of his views; but, so far, he has simply succeeded in blinding a few dogs. I believe that is the net result of his work, though I have not seen him for some weeks. Latterly, I have been so busy with my work in connection with the Saint Pancras installation that I have had little opportunity of calling to see him. But the whole of his theory seems fantastic . to me. The facts concerning Davidson stand on an altogether different footing, and I can testify personally to the accuracy of every detail I have given.
This story was originally written by H.G. Wells. It was published in the book The stolen bacillus and other incidents by Metheun of London, England, in 1895. The story is here repeated as it was originally published.
Fuente: http://www.online-literature.com/
jueves, 13 de agosto de 2009
Fotos del pasado
Vi esas fotos del jardín y se me fueron las palabras. El guardapolvo abotonado en la espalda; las gomitas en el pelo; los zapatos con suela de goma; los labios chiquitos, encerrados en unos cachetes redondos y enormes, comestibles; y esa mirada despierta, a veces algo triste. Me dan ganas de ponerme el guardapolvo y entrar a ese mundo de la foto y darte la mano de nuevo.
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