sábado, 11 de julio de 2009
Con muy poco
Cuando sonó el timbre fuimos corriendo al kiosco de la cooperadora para llegar primeros. Si no nos apurábamos después venían los de cuarto y terminábamos comprando casi al final del recreo, cuando ya no había tiempo. Juntábamos las monedas que nos quedaban de los mandados y con eso teníamos suficiente plata para comprar el Suchard que compartíamos todas las mañanas. Ese día el alfajor estaba más rico que nunca, tal vez porque cuando empezaba el calor los guardaban en la heladera.
Nos fuimos al patio de afuera, el que daba al Jardín de Infantes, sobre la calle Paraguay. Era un gran lugar para nuestras charlas. Flotaba la sensación de que la aventura estaba al alcance de la mano en ese patio lleno de plantas y árboles gigantes. Era la parte de la Escuela en la que el edificio viejo de la secundaria se juntaba con el nuevo, donde estábamos nosotros. La escalera de incendio que iba por afuera del edificio era una invitación a soñar con escaparnos a ver qué pasaba en la inmensidad de la planta baja. Ahora me acuerdo sonriendo de esa idea, porque era la misma calle a la que todos los días salíamos a las doce y cuarto con nuestros viejos, no tenía nada de asombroso, pero saliendo a escondidas por la escalera tenía otro sabor, como si el mundo fuera otro por el sólo hecho de verlo sin permiso.
Abrimos el envoltorio dorado y rojo —todavía me acuerdo de esa sensación— y lo compartimos como me había enseñado mi abuelo: uno partía, el otro elegía. Creo que nos tocaron pedazos parecidos ese día. Marcelo le pegó el primer mordisco y, con la boca todavía llena de migas, me preguntó qué había hecho el fin de semana. Yo no me podía quedar atrás porque se nos pasaba el recreo, así que hundí los dientes hasta que apareció la mousse de chocolate que hacía del Suchard el mejor alfajor del mundo. Hice dos o tres masticadas para poder hablar y empecé a contarle.
—Fuimos con papá a lo de mis abuelos. Vino mamá también en el coche.
Marcelo me miró mientras masticaba, esperando que siguiera, como si supiera de antemano que algo extraño había pasado y que merecía ser contado. Me pregunto qué me habrá delatado. Tal vez fue la sonrisa que llevaba encima, no lo sé.
—Fuimos a donde están las cañas en el fondo de la casa de los abuelos. Viste que viven más afuera, como en el campo. Hay tren ahí. Cerca del gallinero hay un montón de cañas re largas. Yo lo seguí a papá que iba con el Coco. ¿Te acordás del perro de mis abuelos? Papá llevó un cuchillo enorme. Yo no sabía para qué. Nos metimos los dos entre las cañas. Yo tenía un poco de miedo, porque no se veía nada para afuera. Sólo veía los bolsillos del pantalón de papá que iba adelante y al Coco que siempre me sigue. Papá iba corriendo las cañas para pasar. De golpe empezó a cortar una bien larga y finita, que estaba toda seca. La cortó de abajo, cerca del suelo. Fue muy rápido, porque mi papá tiene mucha fuerza.
Mientras le daba otro mordisco al alfajor, Marcelo me preguntó para qué era la caña. La verdad es que hasta ese momento ni yo tenía mucha idea, porque papá no me había dicho nada todavía, así que seguí contándole la historia para no perder el hilo.
—Cuando la caña estaba suelta, papá se dio vuelta y nos empezamos a ir. Yo lo agarré del cinturón para seguirlo. Me daba miedo perderme ahí. Me acuerdo que las cañas tenían como unas hojas largas que se me venían a la cara. Por suerte salimos de una vez y aparecimos en el fondo de lo de mis abuelos. Papá se sentó en la mesa del patio con un cuchillo y una sierrita que sacó del galpón. Primero cortó dos pedazos de caña que eran largos así más o menos. Después agarró el cuchillo, paró uno de los pedazos y le metió el filo del cuchillo en una punta y fue empujando para abajo haciendo unas tiritas largas y chatas. Entonces me dijo que fuera a buscar hilo, que la abuela tenía; él se fue para adentro y trajo un papel medio raro color verde. Era recontra finito, nada que ver con una hoja del cuaderno. También trajo una plasticola grandota. Me sentó al lado, me dio dos de las tiritas de caña y me dijo que las sostuviera cruzando las puntas. Él empezó a pasarles hilo para un lado y para el otro y después le hizo nudos.
Marcelo se estaba por terminar el alfajor pero no podía dejar de mirarme cuando contaba la historia. Los dos sabíamos que se nos venía el timbre encima, que todos iban a salir corriendo para clase, pero tenía que terminar la historia. Me hizo señas con las manos de que siguiera rápido.
—Atamos las dos puntas de las otras tiras y nos quedaron dos “V” cortas mayúsculas como las que dibuja la señorita en lengua. Después me enseñó a atarlas y nos quedó un cuadrado grande. Ahí él armó una cruz con dos tiras de caña, una más larga que la otra, y me dijo que atara las puntas de la cruz a cada uno de los nudos del cuadrado. El cuadrado se nos estiró un poco, ya no parecía tan cuadrado, pero papá dijo que eso era mejor para volar…
—¿Volar? —me preguntó Marcelo. La verdad es que yo también me asombré cuando papá me dijo esa palabra. No entendía qué tenían que ver las cañas con volar.
—Sí, volar. Esperá, no seas apurado. Trajo el papel ese que te conté que era finito; me dijo que se llamaba papel barrilete. Le pregunté qué era un barrilete y me dijo que era lo que estábamos haciendo. Puso el papel abierto en la mesa y apoyó encima el cuadrado de cañas. Me enseñó a doblar el papel para pegarlo. Después de que terminamos lo dio vuelta y me dijo que así no servía, que tenía que estar más estirado el papel. Me pidió que buscara el rociador que usaba la abuela para planchar, el que yo traje una vez para jugar al carnaval, ¿te acordás? Me fui corriendo hasta el lavadero; no sabés lo rápido que corrí, seguro que te ganaba si competíamos. Volví con el rociador y se lo di a papá. Empezó a tirarle al papel y lo mojó todo.
—¿Mojó todo el papel?
—Sí, pero después lo colgó de la ventana y me dijo que había que esperar que se secara. Me pidió que sacara de su bolso una tela roja. Me mostró cómo cortarla con la tijera. ¿Cortaste tela alguna vez? Es más difícil que cortar papel. Tenía que hacer unas tiras así de largas y tratar de que me quedaran derechas. Es re difícil. Después agarró un hilo fuerte que tenía y lo ató a la parte de abajo y me dijo que le hiciera como moños con la tela. Me alcanzó para hacerle un montón de moños; como cincuenta. El papel ya estaba seco. Papá trajo un rollo grande de hilo, cortó unos pedazos, hizo unos nudos y me dijo que estaba listo para volar.
Marcelo seguía fascinado con el cuento, pero de pronto sonó el timbre. Nos miramos un segundo y sin decir una palabra los dos corrimos a la escalera y nos quedamos escondidos en el primero de los descansos. Me metí el último bocado del alfajor en la boca y me preparé para seguir contando la historia.
—Nos fuimos al medio del parque. Papá me agarró las manos bien fuerte para mostrarme lo que tenía que hacer para que el barrilete volara más alto. Después me dijo que agarrara el rollo de hilo y que empezara a correr. Él me seguía de atrás con el barrilete en la mano y los dos corríamos cada vez más rápido. Lo soltó y me dijo que siguiera corriendo y que largara de a poquito el hilo. El barrilete empezó a volar. Me frené y papá vino a mostrarme bien cómo tenía que hacer. Un tirón y otro y otro y el barrilete subía cada vez más. Después había que soltar un poco de hilo y otra vez los tirones y el barrilete subía. En un momento me soltó las manos y me dejó hacerlo solo, mientras me sostenía los hombros. ¡No sabés lo alto que volaba! De repente se me empezó a acabar el hilo, así que tenía que agarrar fuerte para que no se me escapara. Papá me seguía sosteniendo de los hombros. Y en eso me dio una palmada en la espalda y empecé a caminar solo siguiendo al barrilete. El viento se hizo un poco más fuerte y empecé a trotar por el fondo de la casa de un lado para el otro. Cada tanto me daba vuelta y lo veía a papá que se reía. El Coco me corría de atrás ladrando porque estaba contento también. Pero de golpe vino un viento fuerte, sin querer tropecé y me empecé a caer. No solté el hilo. Lo tenía bien enroscado en la mano, me daba como tres vueltas. Se me puso medio blanca, como cuando te ponés las bolsas pesadas del supermercado. Y el viento se hizo más fuerte y más fuerte y en lugar de caerme empecé a sentir que me despegaba del piso. Al principio tenía mucho miedo, porque nunca había volado. Pero después me empezó a llevar más y más y volé un montón de rato por encima de la casa de mis abuelos y por todo el barrio. El Coco no paraba de ladrarme y papá estaba re contento ahí abajo porque yo volaba. Estuve como mil horas con el barrilete que me hizo mi papá. Acá me traje un pedacito de la cola. Si querés te lo cambio por una Tita.
—¿En serio? ¿Y está bueno volar?
—Está buenísimo. Si querés le digo a mi papá que te haga un barrilete de los mágicos así podés probar vos.
—¡Dale!
En ese momento apareció la maestra, que ya nos conocía el escondite y nos mandó para adentro en penitencia. Mientras caminaba con Marcelo le conté que después de volar toda la tarde con el barrilete mi papá se tomó conmigo una taza gigante de Nesquik y compartimos unos panes con manteca que hizo la abuela. Estuvo buenísimo.
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