domingo, 26 de julio de 2009

Siete años de mala suerte, por José A. Bello


Un día me desperté y no había más espejos en casa. Como pasaba poco tiempo ahí y tenía el pelo más corto que ahora, no le di mayor importancia. Afeitarme no era difícil y lavarme los dientes tampoco, así que la vida sin espejo no fue tan complicada después de todo.

A veces quizás en alguna vidriera o en el espejito que hay en cada vagón de subte, incluso en el vidrio de la puerta del tren justo antes de que se abriera, me miraba, corregía mínimamente mi peinado y corroboraba que no tuviera migas, perejil y otros invasores faciales indeseables.

Así viví un tiempo largo sin que nadie lo notara. A los ojos de todos yo era el mismo de siempre. Pero algo pasó que me complicó las cosas. Otro día, seguramente producto de no mirarme en el espejo con la suficiente frecuencia, mi cuerpo empezó a desaparecer. Cosa rara, porque los demás no lo notaban.

Animal de costumbre, me adapté a la perfección. Todo lo resolvía en el momento. Me afeitaba acariciando mi cara, me lavaba los dientes lamiéndolos para ver si ya estaban, me peinaba despeinándome en realidad y adoptando una actitud de no me importa soy así. Todo lo demás lo hacía de memoria. Y cuando me surgía alguna duda, me acercaba a otra gente y conversaba, inventando observaciones que derivaran en una descripción de mí completamente casual. Como "qué largo tenés el pelo, te crece mucho más que a mí", o "tengo que empezar a hacer ejercicio". Así me manejé por años. El silencio de los otros era mi propia aceptación. Si nadie me decía que estaba mal, entonces no debía estarlo, y así.

Pero llegó mi maldito cumpleaños. Y los que me quieren decidieron regalarme un espejo, justo de la medida del que se había esfumado años antes. Apenas se fue el hombre desagradable que lo instaló me paré frente al vidrio plateado y me impresionó lo que vi. Estaba yo, como nunca me había visto antes. Con canas y menos pelo, dejado, desprolijo, mal vestido, con una postura bastante desagradable y un gesto parecido a una sonrisa pelotuda que desapareció instantáneamente cuando la noté.

Horrorizado salí a la calle. Necesitaba hablar con la gente que me rodeó durante los últimos años. Retarlos, exigirles explicaciones. ¿Cómo no me habían avisado? ¿En qué me habían dejado convertirme? Como lo ví, eran todos culpables. De una forma u otra todos me aseguraban que habían intentado llamar mi atención, hacerme notar diplomáticamente que no iba por el mejor camino. Pero nunca los ví, eso dijeron. Imposible que no los viera. Enojado, confundido volví a casa. Todavía no podía ver mi cuerpo sin ayuda del espejo. A pesar de que buscaba mis brazos, mi torso, nada. Podía tocarlo, pero no verlo. Me indignó que nadie hubiera hecho nada por mí. Para ellos yo nunca me había ido, sólo que ahora me movía gracioso como si tuviera hormigas adentro de la ropa.

Lloré mucho por el tiempo perdido. Insulté a toda toda la gente que conozco. Me resigné a vivir en un departamento con ascensor sin espejo y con palier sin espejo. Y lloré de nuevo.

Horas más tarde con las lágrimas secas sobre mi cara caminé hasta el baño. Me purifiqué con agua helada, me miré un rato corto para no sentirme tan mal y salí apurado, sin escalas, hasta el gimnasio, y me anoté.

Esto fue hoy. En unos minutos tengo mi primera sesión. Decidí ponerme mi mejor remera y peinarme para el otro lado.

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