lunes, 6 de julio de 2009

El secreto


Siempre me resultó entre fascinante y aterrador el modo en que descubríamos los conceptos básicos de la física y la química en el Colegio. Todo lucía tan perfecto, tan cristalino y empaquetado en las explicaciones de pizarrón. Incluso las prácticas de laboratorio, con todos los errores que cometíamos, eran perfectas. Había una mueca de placer oculta en las caras de los profesores cada vez que demostraban en el laboratorio lo que nos habían explicado en el aula. Era como dar sentido a las palabras que por años venían repitiendo; un premio renovado en nuestras caras de sorpresa o de simple incredulidad ante lo que pasaba.

En segundo año tuvimos al Profesor Perazzo en física. Un hombre ya de unos sesenta años, parco, pero que se permitía sonreír con nosotros, práctica nada habitual en los profesores de más años en el Colegio. Desde la primera clase nos llamó la atención cómo jugaba con dos alianzas que llevaba puestas en su mano izquierda. Uno de sus ayudantes nos explicó, días después, que llevaba la alianza de su segunda esposa, Marta, compañera de toda una vida, que había muerto hacía poco por una enfermedad repentina. Recuerdo lo mágico que me pareció que mantuviera viva una sonrisa en el rostro por el sólo hecho de acariciar las alianzas.

Ese día nos tocaba empezar con los fundamentos de la generación y la transmisión eléctrica. Trajo con uno de los ayudantes un aparato relativamente grande para lo que estábamos acostumbrados. Era un disco de metal brillante montado sobre un eje móvil, abrazado por un imán en forma de “U” que nunca llegaba a rozarlo. En el centro de la rueda se veía cómo el eje del aparato terminaba en una manivela con la que se ponía en movimiento el dispositivo. Con tono solemne, nos dijo:

—Señores: el Dínamo de Faraday.

Empezó a dar vueltas a la manivela con una mano, mientras sostenía con la otra una lámpara conectada por cables a dos bornes del dínamo. De pronto, cuando la rueda tomó cierta velocidad, la lámpara que sostenía Perazzo en su mano empezó a titilar para luego perder sus contornos en un brillo enceguecedor. Todos habíamos visto algo muy parecido en nuestras bicicletas, es verdad, pero ahí estábamos embobados con la fuerza de esa luz. Uno a cero.

Ahora veremos cómo se forma un rayo, dijo Perazzo.

Ninguno de nosotros lo tomó muy en serio. Pero no nos duró mucho la incredulidad. Con un gesto de cierta picardía, desconectó los cables de la lámpara y los volvió a conectar a un dispositivo que tenía dos agujas de metal que se enfrentaban de manera casi perfecta, sin llegar a tocarse. El trípode que sostenía una de las agujas estaba conectado a los bornes del dínamo por el cable; el que sostenía la otra, sólo tenía una conexión a tierra. Gracias a un sistema de ajustes móviles aislados con goma, podía alejar o acercar las puntas cuanto quisiera.

Pidió sin éxito un voluntario para pasar al frente. Contrariado, casi impaciente, le indicó a uno de mis compañeros, Santiago, que se pusiera del lado de atrás de la mesada y que empezara a girar la manivela para dar velocidad suficiente al aparato. Mientras tanto, él había dispuesto las agujas a unos diez centímetros de distancia y las empezó a acercar muy de a poco. Cuando no estaban a más de dos o tres centímetros una de otra, un haz de luz azul irregular estalló en un chasquido que nos dejó a todos sin palabras. Santiago soltó de inmediato la manivela, que siguió girando en falso, mientras Perazzo recorría el salón con una satisfacción difícil de imaginar en su mirada. Era el dueño del rayo. Dos a cero.

Pero faltaba el prodigio final, ese que año a año —después lo supe— renovaba la leyenda sobre el viejo Perazzo y que todos repetían sin saber las verdaderas razones del suceso. Una vez más pidió un voluntario. Silencio sepulcral. Mientras todos se concentraban en un punto fijo de la nuca del compañero de adelante para no hacer contacto visual con él, a mi se me ocurrió la peregrina idea de levantar los ojos y ofrecerle una mirada desafiante. ¿Qué puede pasarme?, pensé. Y Perazzo vio algo en mi mirada.

—Usted, pase por favor. Voy a necesitar de su ayuda.

Casi instintivamente me dirigí a la parte de atrás de la mesada, pensando que reemplazaría a Santiago. Ni bien traspuse la primera hilera de bancadas del anfiteatro, me miró y me dijo en un tono todavía cálido, mientras señalaba las agujas:

—No, m’hijo. Su colega seguirá en la manivela, a Usted lo necesito aquí, para que aprenda.

Ya no me gustaba nada estar tan cerca de la máquina de los rayos. Hasta ahí todo había sido un juego. Mientras me acercaba, Perazzo comenzó a explicar el fenómeno físico por el cual la presencia de cargas en una superficie muy pequeña, cercana a otra superficie de polaridad inversa, generaba un puente a través de las moléculas de aire que terminan transmitiendo el rayo. Hasta ese momento, pensé que estaba describiendo el experimento de las agujas que acabábamos de ver. Pero de pronto vi cómo desarmaba la segunda de las agujas, dejando únicamente el trípode que sostenía la que estaba conectada al dínamo. Sin saber todavía por qué, mi instinto fue huir del aula. Pensé en todas las excusas posibles para no llegar al aparato, pero sólo atiné a preguntar si podía ir al baño. El intento resultó inútil.

Ya tendrá tiempo de ir al baño, mientras miraba con llamativa curiosidad la suela de mis zapatos.

Al principio pensé que había pisado algo, pero mientras mis ojos se cruzaban con los suyos pude entender la importancia de mis zapatos en sus planes. Sabía que me acercaba al cadalso y lo único que atiné a hacer fue mirar la hora: eran las once menos veinte clavadas.

Perazzo me pidió que me parara de modo tal de no tocar la mesada. Al mismo tiempo, fue acercando mi brazo a la aguja, mientras yo mantenía el puño cerrado y firme. Acercó su boca a mi oído y me dijo en un tono inquietante:

—Abra la mano, hombre… Estire el dedo que no pasa nada.

Lo miró a Santiago y le hizo un ademán para que empezara a girar la rueda. Nunca sentí tanta impotencia en mi vida; creo que la primera lágrima de bronca me saltó de los ojos antes de que la rueda llegara a la velocidad deseada. Mis compañeros me miraban fijo, con una mezcla de miedo y de placer oculto y retorcido. De algún modo todos sabíamos lo que estaba por pasar; todos nos callamos.

Empecé a sentir la velocidad de la rueda; Santiago estaba como poseído. Traté de alejar lentamente la mano de la aguja. Me sentía como los defensores que tratan de robar metros al hacer la barrera sin que el árbitro se dé cuenta. Perazzo se dio cuenta:

—No tenga miedo, me lo va a agradecer, acuérdese lo que le digo.

La rueda empezó a despedir una luz intensa que no se reflejaba en ninguno de los objetos del aula ni en la cara de mis compañeros; fue muy extraño. Era tan fuerte que me obligó a entrecerrar los ojos. A medida que la velocidad aumentaba la luz se iba tornando cada vez más intensa. Un zumbido latente anunciaba lo que hasta ese momento creía que sería el chispazo en mi dedo. Pensé en mis compañeros, pero cuando quise verlos no pude. La luz era demasiado fuerte.

Sin aviso previo, sentí un sofocón, como si el aire se hubiera ido de golpe de mis pulmones. Empecé a caerme de espaldas muy despacio y recuerdo que sentí miedo de darme la cabeza contra alguno de los bancos. El tiempo puede parecer eterno en esas situaciones. Pero la caída no terminaba; seguía indefinidamente, como si el aula se hubiera convertido en un pozo infinito. En la caída empecé a ver mis días. A mis amigos, a mis viejos en la puerta esperando que saliera de dar los exámenes del ingreso, las primeras salidas a la noche; hasta apareció Romina, la pelirroja que se sentaba al lado mío, charlando sobre alguno de los cuentos de Cortázar que leímos en primer año. Reviví sin saber cómo cada mañana, cada clase, cada recreo, cada vuelta a casa caminando con ella y hasta la noche de la fiesta en su casa de Flores donde nos dimos el primer beso en serio.

Era fantástico revivir cada día y saber que poco a poco me acercaba al presente. Hasta me vi subir las escaleras, buscar el claustro de física, entrar en el aula y ver a Perazzo en el pizarrón, sonriendo como siempre. Fue el turno de la presentación del dínamo, de la lamparita, del chispazo y, de pronto, ya estaba cayendo de nuevo. Sacudí la cabeza para reconciliar los dos tiempos y sin saber por qué apareció de nuevo aquella luz enceguecedora y el zumbido latente. Para cuando me miré la mano estaba otra vez parado con el dedo frente a la mesada. Un rayo de un azul intenso se desprendió de la aguja conectada al dínamo y como si el tiempo se hubiera detenido nuevamente la vi arrastrarse por el aire hasta mi dedo. No podría explicar aunque quisiera el ruido que hizo ese chispazo. Salté medio metro para atrás y grité fuerte alguna mala palabra.

Mientras me agarraba el dedo entumecido por la corriente, miraba uno a uno a mis compañeros de curso que se reían en un concierto de complicidades, sin saber el secreto de lo que había pasado. Miré el reloj y seguían siendo las once menos veinte clavadas. Mi cara era el reflejo de una mezcla pareja de fascinación y de terror por ese recorrido perfecto por mis amigos, por mis viejos, por el Colegio, por las ganas de besarla de nuevo. Miré a Perazzo agradecido. Se me acercó y me dijo al oído:

No trates de contarle esto a nadie, porque no te van a creer. Sólo ella te puede entender. Se alejó lo suficiente para verme la cara y me guiñó un ojo sonriendo mientras jugaba con sus anillos.

No había terminado de decir estas palabras que me di vuelta, la busqué a Romina en la segunda fila y la besé como nunca había besado a nadie en mi vida.

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