sábado, 8 de agosto de 2009

En una caja


El viejo tenía una sintonía especial con los gatos. Desde siempre escuché sus historias sobre el Cabezón, el gato de mi abuelo. Eran cuentos casi sobrenaturales. Me contó que una vez, apurado por el hambre, el Cabezón vio un pajarito desde la mesa de la cocina y, como la puerta estaba cerrada, se agazapó y saltó usando la cabeza para romper el vidrio en mil pedazos. Volvió con el pájaro en la boca, victorioso, pero lleno de cortes y magulladuras. Se paró a los pies de mi abuelo que había ido corriendo hasta la cocina por el ruido, lo miró fijo y dejó el pájaro en el suelo, como si le estuviera presentando una ofrenda. Mi viejo quería mucho a ese gato.

Un día cuando llegué de la Escuela apareció en casa con una caja marrón entre las manos, con dos agujeritos de forma triangular en los costados. Enseguida escuché el sonido de las uñas raspando el fondo, tratando de hacer pie en un cartón que se le desvanecía debajo de las patas. Por los ruidos lo imaginé enorme, pero cuando puso la caja en el piso y lo vi asomar su mano y luego el hocico me di cuenta de que era todavía un cachorro.

Salió de la caja como de un segundo parto. El pelo era de un negro brillante y perfecto, sin una sola mancha de otro color; ni siquiera las pezuñas desentonaban. Nos miró a los dos con los ojazos amarillos bien abiertos, se dio vuelta y empezó con el ritual de olfatear todo lo que tenía alrededor. El mundo le llegaba por esos bigotes largos, combados, que se estiraban anticipando cada paso.

Al principio yo trataba de jugar con él como si fuera un perro, porque era lo único que conocía. Lo llamaba por el nombre, corría para ver si me seguía, le tiraba palitos y el pobre bicho me miraba de costado y a lo sumo jugaba un poco con el palito pero nunca me lo traía de vuelta. De a poco papá me explicó cómo tratarlo, las cosas que le divertían y hasta me mostró cómo acariciarlo para que ronroneara. No era muy difícil: había que rascarle suave la parte de abajo del cuello y el animal quedaba rendido, con los ojos entrecerrados. Era raro ver a mi viejo acariciar al gato, tal vez porque no tenía mucho recuerdo de que me acariciara o me abrazara a mí. Pero con el gato se daba ese permiso.

Lo vimos crecer juntos, hacerse un poco dueño de cada rincón de la casa. Compartimos charlas al calor del animal, que era como un fuego de esos de campo, que llama a arrimarse. Lo acariciaba yo un poco, lo acariciaba él otro tanto, y se nos escapaban algunos temas de conversación que se llevaban las tardes y las noches. Llegué a pensar que nos unía; que alzarlo era curarnos de algún modo.

Ayer, a eso de las cuatro de la tarde, volví de la Facultad y lo encontré a mi viejo sentado en el sillón grande del living. Estaba serio, con sus ojos verdes fijos en la ventana. Ni una palabra, ni una mirada, nada. No entendía qué hacía tan temprano en casa, así que pregunté. Se murió el gato, me dijo. Y los dos nos quedamos en un silencio imposible de llenar. Pensé en abrazarlo, pero no sabía cómo. Atiné a agarrar las llaves y salí corriendo. Volví a las dos horas, con una caja de cartón entre las manos. La apoyé en el piso y nos miramos. Es blanco, con algunas manchas negras. No hizo falta decir más.

No hay comentarios:

Publicar un comentario