domingo, 2 de agosto de 2009
Ojo por ojo
Estaba recorriendo Boedo y ya era tarde. Me faltaban menos de dos horas para tener que llevar el auto al lavadero. De ahí, hasta Ramos Mejía para pagar el alquiler y entregárselo al peón del turno mañana. Era una noche fría y la verdad es que tenía más ganas de estar en casa abrazado con Claudia que de andar yirando para hacer el mango.
En eso veo en la esquina de San Juan a una señora mayor que me hace señas. Me acuerdo que pedí al cielo que no me llevara a la otra punta del planeta. Estaba cansado y lo que no había hecho de guita hasta esa hora, no lo iba a hacer con la pobre vieja. Los saludos del caso, a dónde la llevo y la respuesta: Av. Eva Perón al fondo, casi llegando a Lugano. No está tan mal, pensé. La dejo, agarro General Paz, Rivadavia y estoy en un rato en lo del Gaita para entregar el auto.
Ahí mismo me metí por Boedo, busqué Juan B. Alberdi, pasé por Parque Chacabuco, la Medalla Milagrosa y cuando terminé de dejar atrás la autopista que me pasaba por arriba de la cabeza, cruzando Thorne, esta mujer me pide que doble. La calle estaba mitad empedrada y mitad llena de baches. La semana anterior había dejado un amortiguador en un pozo indecible en Valentín Gómez y Boulogne Sur Mer, así que fui despacio para evitar sorpresas.
No habíamos hecho ni cuatro cuadras por adentro cuando de pronto me aparece de la nada un cana con linterna y me hace señas para que pare. Lo que me faltaba, dije para mis adentros. Lo primero que hice mientras aminoraba la velocidad fue decirle a la mujer que se calmara, que no pasaba nada y que era la policía. Lo único que podía empeorar las cosas era que empezara a abrir la boca de más o engranarse. Cuando nos acercamos bajé el vidrio hasta la mitad, saludos de rigor y cuando amagué a sacar los documentos del auto el agente me preguntó medio apurado, mirando de reojo a la vieja:
—Dígame, ¿no ha visto pasar a unos tipos con dos ruedas de auto?
—La verdad que no, fue mi respuesta. Veníamos despacio por esta calle pero no hemos visto a nadie. ¿Qué pasó?
Y ahí nomás empezó la situación más absurda de la que tenga memoria. Y le juro que tengo años de tachero encima; he visto de todo acá en el auto, no se vaya a creer que soy un fresco. Pero aquello era cosa de cuento.
Mientras terminaba de bajar la ventanilla para escuchar mejor lo que decía, el agente se sacó la gorra y me señaló un patrullero Fiat Siena que estaba parado casi en la esquina. No va que me dice:
—Acá estábamos con el Principal Ramírez y el Agente Lucic haciendo un operativo en el primer piso de este inmueble y cuando bajamos nos encontramos que nos faltaban dos ruedas, ¿lo puede creer? Tenemos que reponerlas, ¿no sé si me entiende?
Yo le expliqué que veníamos de cuatro cuadras atrás y que no habíamos visto a nadie. Tratando de darle más fuerza a la respuesta la miré a la vieja como esperando que asintiera. La pobre mujer no entendía nada de lo que estaba pasando.
El Agente Randazzo —según el cartelito de plástico que tenía en la camisa— me mira y me dice que tenían que encontrar las ruedas sí o sí. Yo le confieso, antes de que me pregunte, que el espectáculo era entre trágico y cómico. Usted viera ese patrullero recién lavado, brillante, pero que tenía en lugar de las dos ruedas del lado izquierdo, dos tronquitos que se ve que habían preparado los chorros para la faena. Yo ya me preguntaba cómo cuernos era que se habían robado las ruedas de un patrullero, habiendo tanto auto estacionado en esa vereda.
Le estaba debiendo alguna respuesta al policía, así que miré a la vieja serio, tomé la radio y modulé pidiendo un auto de reemplazo. Ni bien me tiraron el cinco barra cinco le expliqué a la señora que tenía que bajarse, que ya venían a buscarla con otro auto. No terminaba de caerse la quijada de la pobre mujer con la noticia que ya le había dicho al cana que contara conmigo, que íbamos a salir a buscar por el barrio.
Usted me preguntará para qué el ofrecimiento. Mire, yo la colimba la hice en la policía. Era la época en que te podías asegurar hacer sólo un año de servicio en lugar de dos si resignabas ir a sorteo y te metías en la Federal de voluntario. Algunas cosas me quedaron de esa época. Una de ellas es que, en esa situación, estos pobres no podían modular el robo al comando radioeléctrico. No tenía que hacer muchas cuentas. Era obvio que estaban en falsa escuadra por algo. No iba a ser yo quien preguntara, claro. Otra cosa que también aprendí estando en la taquería —tal vez más importante que la anterior— era que no había nada mejor que tener a un policía en deuda con uno. Y en esto del taxi nunca se sabe cuando puede uno caer en desgracia y necesitar una mano. Así fue que dejamos a la vieja con Lucic, que de paso cuidaba que no le emparejaran el auto llevando las otras dos ruedas. Ramírez se me sentó al lado y Randazzo venía atrás. Ramírez era el que mandaba.
Empezamos a recorrer el barrio. Yo no decía palabra y me limitaba a escuchar. En un momento se ve que Ramírez se sintió en la necesidad de confesar a alguien sus pecados. Nada a lo que uno no esté acostumbrado, vió. Los tacheros tenemos algo de confesores así como nos ve.
Me miró fijo y me tiró:
—¿Tenés nombre?
—Lorenzo, le dije.
—¿Nombre o apellido?
—Roberto Lorenzo, como mi viejo.
Y ahí mismo me desembuchó la historia. Resulta que así como yo quería estar abrazado con Claudia en esa noche de perros, los muchachos andaban querendones. Y se mandaron con el móvil para el puterío de la calle Torne. Yo calculo que tendrían que cobrar algunos pesos para repartir, porque si no ni loco llevan a un Principal en el auto, pero de paso se quisieron llevar unos mimos.
A todo esto, mientras escuchaba atento a Ramírez, yo venía relojeando por el espejo a Randazzo que estaba sentado en el asiento trasero y movía la cabeza para un lado y para el otro. Parecía un faro el loco. Ojo que Ramírez también me hablaba sin sacarle la vista a la calle. Los dos estaban como linces. En un momento Ramírez me dice:
—Andábamos cortos de tiempo, ¿me entendés?
La verdad es que no entendía, pero estaba seguro de que me lo iba a explicar. Dejó pasar unos segundos y otra vez empezó con la perorata.
—Estábamos cortos de tiempo porque el Subcomisario nos esperaba…
Yo con eso confirmé para mis adentros que había guita de por medio, pero me quedé calladito la boca. No sea cosa que se la agarraran después conmigo. Y siguió:
—Llegamos con el patrullero, bajamos, cerramos todo y subimos los tres. Me pregunto por qué mierda teníamos que bajar los tres al mismo tiempo. Si aunque sea uno se hubiera quedado… Pero había poco tiempo y nos mandamos nomás. Y vos vieras cómo le dimos, che. Las chicas estaban especiales. Yo no soy de entregarme a la lujuria así nomás, no te vas a creer. Yo sé que la Virgen y los Santos te llevan montado en un huevo después si andás mucho de juerga. Y nosotros en la policía somos muy devotos de la Virgen de Luján y yo no quiero quilombos. Además estoy casado.
Yo cada tanto le tiraba una mirada y asentía, como para que no se sintiera solo en el relato. Pero cuando uno que anda con culpas se larga a hablar en el taxi no hay quién lo pare, le juro:
—Cuando terminamos con lo nuestro, bajamos pipones, como recién comidos. Y ahí estaba nomás el muy turro. Se lo veía ladeado, para qué te voy a mentir. Y como nosotros habíamos dejado el auto en la vereda de los impares, lo veíamos del lado que todavía tenías las ruedas. Pero estaba torcido. ¡Para qué! Cuando dimos la vuelta… Te juro que los tres nos quedamos mudos.
En eso lo mira a Randazzo, recobra la voz de mando y le dice:
—Pibe, si vos llegás a abrir la boca de esto en la comisaría…
Randazzo lo miró como si le hubiera hablado el diablo mismo del cagazo que tenía. Ramírez siguió con la historia:
—No podíamos llamar al comando. ¿Te imaginás si tiraban por la radio que al móvil nuestro (y ojo que te lo dicen con número y todo, como para que no queden dudas) le habían robado las dos ruedas…? Yo ahí mismo tengo que renunciar. Y ojo que no tanto por los días de arresto o por el legajo, que esos me los banco. Pero, ¿sabés lo que es salir a la calle después? Porque acá en la fuerza todo se sabe, ¿me entendés?
Y la verdad es que lo entendía; yo mismo laburo con una radio arriba del auto. La gente está al pedo y escucha todo lo que se dice. Imagínese si le salen con que al patrullero tal le “hicieron” las ruedas. Esos pobres no pueden pisar más una comisaría. Y así fue que me pararon con el tacho, pensé. Pero déjeme que le termine el cuento, porque no tiene desperdicio.
Ya llevábamos unos diez minutos dando vueltas, haciendo como una grilla siguiendo el sentido del tránsito en dirección este-oeste y después al revés. Yo me sentía como un policía de nuevo. Hasta me había imaginado qué hacer si se armaba el tiroteo. Los pibes no me iban a creer la historia cuando volviera a casa, pensaba. Usted vio que cuando uno está en este tipo de merengues se le da por fantasear la del héroe. Menuda sorpresa me iba a llevar.
Como no aparecían los chorros, yo medio que me iba impacientando. Casi se me dio por tirar la idea de ir a la villa que está cerca del Parque Roca, porque seguro se habían mandado para ese lado. Menos mal que me callé la boca, porque iba a quedar como un tarado. En eso escucho que Randazzo le dice a Ramírez a los gritos:
—Mire mi Principal, ¡ahí, ahí!
Juro que estiré la vista todo lo que pude, pero no había ni un alma; ni señales de los chorros y las ruedas. Los miré a ellos mientras se preparaban para bajar esperando una explicación. Me llamó la atención que no metieran mano a la cartuchera, aunque más no fuera por reflejo. Pusieron pie en tierra con demasiada calma. Cerraron las puertas y en eso Ramírez me mira serio y me dice:
—Listo che, ya estamos.
No entendía nada. No había un alma en esa cuadra. Pero entre que yo miraba para un lado y para el otro a ver de qué cuernos me estaban hablando, Randazzo se me apareció en la ventanilla y haciendo señas con el pulgar apuntando para atrás me dijo:
—Abrite el baúl. ¿Tenés llave y criquet, no?
Estuve lento, se lo confieso. No terminó de hacerme la pregunta que veo un Fiat Siena solito, solito, estacionado a mano derecha. Ramírez me dijo ahí mismo:
—Dale Lorenzo, que hay que meterle pata. El Sub todavía nos espera…
Ahí estaba yo, rodilla en piso junto con Randazzo, afanando dos ruedas al Siena gris. Por lo menos Randazzo se había sacado la gorra y eso me hacía sentir menos pelotudo. Mientras tanto, Ramírez —que seguía con la gorra— marcaba la cuadra, para ver si venía alguien. ¡Estos dos querían dejarle el auto así nomás torcido sobre la calle! Ahí me planté serio y les dije:
—Esperen que por lo menos le pongo un par de ladrillos.
Me fui a una obra de mitad de cuadra, me llevé una buena pila de ladrillos y entre los tres se los dejamos bien puestos para que no se le rompieran los semiejes. Con eso medio que me sentí más aliviado. Nos sacamos la mugre de las manos, metimos las ruedas en el baúl (menos mal que el mío es gasolero y no lleva tanque de gas) y enfilamos para el patrullero.
Nunca tardé tan poco en poner unas ruedas como esa noche. Mientras ajustaba los tornillos, Lucic me confirmó por lo bajo que había venido un móvil de la misma radio para buscar a la vieja y me sentí más tranquilo. Cuando nos estábamos despidiendo, yo todavía tratando de lavarme las manos con agua del cordón, el Principal Ramírez me dijo con aires de sabiduría:
—Esto te enseña que hay que pensarlo dos veces antes de irse de putas por ahí, Lorenzo. La lujuria es el peor de los pecados, como decía el cura...
Asentí mansamente para no llevarle la contra, pero que quede claro que a las putas habían ido ellos, no yo.
El desgraciado ya se había metido al patrullero y ni una tarjeta me había dejado para mangarlo en caso de urgencia. En eso baja la ventanilla —yo parado todavía en la vereda— me mira con cara de vivo y me dice para rematar la noche:
—¡Cómo zafaste vos, eh! Largó una carcajada inmunda junto con los otros dos que le hacían festejo. ¡Decí que resultaste gauchito!
Mientras se iban me quedé mirando mi auto parado cerca de la bocacalle, con el baúl todavía abierto. No sabe lo otario que me sentí al ver las letras plateadas que decían “Siena”. Zafé por ser gauchito, es verdad, pero con la cana hay que tener cuidado. Palabra.
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