domingo, 2 de agosto de 2009
Viaje en taxi
La garganta se me llenó del recuerdo de aquel viaje desde el Hospital de Clínicas, mezcla de vuelta a casa y de nacimiento. Había cumplido ocho años hacía pocos meses. Ya pasaron veinticinco desde ese día, pero todo está demasiado presente.
Mi viejo salió desde la rampa de acceso del subsuelo que da a la calle Paraguay. Se pegó una corrida hasta la esquina de Azcuénga y se trajo un taxi poco menos que al hombro. Lo hizo bajar por la entrada de ambulancias, donde yo estaba con mi vieja, bastante arropado pese a ser pleno diciembre. No fue tarea fácil conseguir un taxi libre ese día. Todo el mundo estaba yendo al acto de asunción de Alfonsín.
Subimos y yo quedé en el medio. Todavía vivíamos en Larrea. El chofer, un tipo de unos cuarenta años, tomó por Pueyrredón (debería haber agarrado Junín, ahora que pienso). Cuando se prendió el reloj al bajar la banderita de LIBRE, empecé a ver cómo los números se movían a gran velocidad. En esa época a gatas si sabía contar hasta mil, pero me alcanzaba para entender que el número era enorme por la cantidad de ceros. Miré a mis papás para ver si se daban cuenta, pero seguían conversando con el taxista. Quise sacarme la bufanda escocesa de la boca para avisarles, pero en cuanto amagué sonó el grito seco de mi madre: ¿Querés que te internen de nuevo? En ese momento sentí que la vista se me nublaba un poco. Era demasiado chico para pensar que podía ser el efecto de los remedios que me habían dado para curarme la bronquitis o el mareo por haberme parado después de estar tanto tiempo en la cama.
Dejamos Nexo Deportes a la derecha, la Feria de Sarmiento y Pueyrredón a la izquierda y pude ver el cartel de Banchero, casi llegando a Bartolomé Mitre. Me acuerdo como si fueran hoy de las paradas que el transportista de la escuela hacía en esa pizzería todos los días, de camino a casa, para comerse una porción de fugazzetta. Era un acuerdo de caballeros el que teníamos. Como yo era el último en el recorrido, y de vez en cuando me ligaba una porción de muzzarella, mantenía un silencio cómplice. Yo calculo que mis viejos sabían de aquello, pero les parecía divertida la idea.
El taxi avanzaba medio lento. Cuando quise dar vuelta la cara para ver la Estación Once, un hombre solo y triste, que vendía escarapelas, me miró fijo de lejos y, sin aviso previo, me desmayé. La sensación fue rara, porque yo seguía viendo todo lo que pasaba. Hasta me veía a mi mismo sentado con los ojos cerrados. Papá estaba hablando con el taxista sobre los actos de campaña de Alfonsín, la 9 de julio llena, el cajón de Herminio. Me acuerdo lo contento que estaba. Nunca más lo vi así, creo. Fue como si toda su energía vital se hubiera consumido con la decepción.
Mi viejo se había deslomado en la campaña; le dedicaba tantas horas que mi forma de verlo era seguirlo en la patriada. Íbamos juntos al comité que habían puesto en el barrio y hasta ayudé a pintarlo. Bah, ayudé a pintarlo es mucho decir: tenía un palito largo de madera que había encontrado en la calle, con el que revolvía emocionado el tacho de pintura para que mi viejo no se encontrara con grumos. Pero qué contento estaba yo con todo eso, que parecía tan poco. Me aprendí la marcha y hasta la cantaba haciendo acompañamiento con un bombo chiquito que me habían regalado mis abuelos. Los actos en los barrios, las boletas de afiliación, la pegatina de carteles; hasta me acuerdo el día en que fuimos a Parque Lezama y De la Rúa me dio la mano. Hice de todo por la vuelta a la democracia y eso que sólo tenía siete años.
Si yo hablaba de política, teníamos tema de conversación asegurado en casa. Me acuerdo del día que la señorita de segundo grado, María Angélica, nos pidió que escribiéramos lo primero que se nos viniera a la cabeza al pensar en la palabra esperanza. Y yo puse sin dudarlo: “que gane Alfonsín”. Hasta le hice el escudo de RA y dibujé el saludo que hacía juntando las dos manos. En realidad, lo que yo quería era ver a mi papá contento cuando se lo mostrara. Como dos meses se habló en mi casa de ese cuaderno, aunque creo que la que más terminó hablando de eso fue mi vieja.
Mientras yo recordaba estas cosas como desde afuera, ella seguía en el taxi y no podía con su genio. Metía bocados todo el tiempo, sin darse cuenta de lo que pasaba con el reloj, conmigo o con mi viejo. No era radical convencida ni mucho menos, pero que no le nombraran a un peronista. Nunca entendí cómo reconciliaba ese odio visceral hacia el peronismo y el amor que sentía por su papá, peronista hasta la médula. Mi abuelo era un convencido. Hasta guardaba en la caja fuerte un pañuelo que El General le había regalado cuando se conocieron en un acto oficial.
El reloj iba corriendo cada vez más rápido, sin que nadie pareciera darse cuenta. Cuando pasamos por Rivadavia, las calles ya eran una explosión de banderas argentinas y de gente caminando para el Congreso. Serían las nueve de la mañana. Ahora me doy cuenta de por qué no agarramos Junín, debía estar todo cortado. Tomamos Hipólito Yrigoyen, luego Alberti y por ahí desembocamos en Larrea. Mi casa estaba casi llegando a Bartolomé Mitre, pero el taxi siguió de largo. Intenté decirles, pero no lograba despertarme para hacerlo. Cruzamos Corrientes y de pronto la luz de día se fue transformando en tarde y, después, en ausencia y en noche. Para cuando llegamos a Santa Fe, debían ser como las diez. Unos policías nos frenaron haciendo señas. Me llamó la atención que no tuvieran puestas las mangas blancas que siempre usaban. El taxista, un hombre ya mayor y entrado en canas, me explicó que había un desvío por la gente que se había agolpado en la casa de Alfonsín.
Sin saber cuándo ni cómo, me bajé del taxi solo, sin ellos. Me acerqué a la ventana del acompañante, miré el reloj que ya no tenía bandera y mostraba menos ceros, pagué con dos marrones y el taxista me dio el vuelto con unos billetes raros de dos pesos. Caminé unas cuadras, siguiendo a la gente, hasta cruzar Rodríguez Peña. Otra vez las caras de la infancia, las que llenaban los afiches que tantas veces había pegado con mi viejo, aparecían en gente de carne y hueso, canosa y sin mucho pelo. Los entrevistaban de los noticieros. Me llamó la atención que muchos de ellos me reconocieran y me saludaran; incluso algunos hicieron referencias a mi paso por el Colegio y por la Facultad. Los miraba con asombro, lo confieso. ¿En qué momento de aquel viaje había yo intentado seguir los mismos pasos de mi viejo? Respiré al ver a Nicolás, una cara más cercana. Cuando le pregunté por todo aquello, me explicó que había logrado escapar a tiempo.
No había hecho ni treinta metros desde la esquina cuando los vi comprando escarapelas a un hombre triste, de sobretodo, detrás de un kiosco de diarios. Ahí estaba mi viejo en el silencio impenetrable de todos estos años. Nos miramos con intensidad y me escapé llorando. Caminaba desconsolado entre la gente que colmaba la avenida.
Todos creían que era un llanto de pesar, de despedida a Don Raúl, para muchos casi como un padre. Hasta hubo quien me dio una palmada de consuelo. Para mi era el llanto de una bronca amarga y contenida, que me había robado el aire en el ’83, por extrañarlo tanto, y que volvió a aparecer esa noche, al darme cuenta de que nunca más lo vi contento. Intenté de todo, lo prometo. Pero esa alegría de mi viejo se había muerto.
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