lunes, 1 de junio de 2009
El miedo
La tarde era más húmeda que lo normal en Baviera. La bruma, aliada de la noche, devoraba los edificios de Gunzburg, dejando a la vista tan sólo unas pocas casas vecinas. Desde su ventana podía ver a Gertrüd, hija de los Rozenstein. La dulzura de su silueta desnuda lo persiguió desde siempre, en el recuerdo de una imagen que hacía ya unos meses le había permitido descubrirse hombre. Pero la educación de sus padres convirtió en tortura cada curva y en pecado sus tardes detrás de la pesada cortina.
Cansado de que todo terminara en espasmos solitarios, decidió hablarle al día siguiente. No durmió en toda la noche pensando en las palabras que usaría. Para cuando el sol empezó a disipar la niebla, ya estaba puntillosamente vestido y perfumado. Sin que nadie lo notara, hasta se había permitido la aventura de afeitar los pocos pelos que tenía sobre el mentón. Bajó de a tres los escalones para compartir el desayuno con su familia, como todas las mañanas, cuando su padre alborozado anunció que Edna, la terrier, había dado a luz cinco hermosos cachorros.
Por un instante se quedó deslumbrado con la escena de esa madraza cobijando a sus crías, frágiles y cegatas, al punto de olvidar todo acerca de Gertrüd. El reloj del escritorio, de pesado péndulo, rompió el encanto: tenía menos de media hora para llegar a clases. Tomó sus útiles, saludó a sus padres y le dio una última mirada a la perra, mientras cerraba la puerta.
Empezar el día con una lección de anatomía no era precisamente lo que Josef hubiera deseado pero, al menos, el hemiciclo escalonado del salón le permitía ver casi de frente a su vecina, absorta en la explicación de Von Gelder. Las materias científicas eran la única oportunidad en la que hombres y mujeres compartían aulas en el sombrío colegio. Naturalmente, todo ocurría bajo la estricta vigilancia de las celadoras que impedían hasta el más mínimo intercambio de miradas.
El momento para hablarle sería la vuelta a casa, camino en el que, ocasionalmente, se habían cruzado sin intercambiar palabra, sólo gestos de cortesía. Ni bien las campanas marcaron el fin de clases, corrió para tomar la delantera y esperó detrás de un árbol lo suficientemente añejo como para darle escondite. Su respiración se detuvo casi por completo cuando escuchó su voz desde la esquina. Se peinó con los dedos, se ajustó la corbata y despejó su garganta, aterrado ante la idea de no poder emitir palabra.
A punto de tomar impulso para abordarla, sintió una presión en su cabeza como jamás había sentido. Todo se veía blanco por momentos y las puntadas por encima de los ojos eran insoportables, al punto de provocarle nauseas. No podía creer lo que estaba pasando. Para cuando pudo recomponerse, casi en el suelo, escuchó la voz de Peter Feldman preguntando si se encontraba bien. A su lado, Gertrüd lo tomaba de la mano. Los miró desorbitado y corrió sin pausa hasta alejarse lo suficiente. Al volver la vista confirmó lo que el impacto le impidió comprender: Gertrüd estaba besando a Peter mientras él la abrazaba con un afecto del que Josef se sabía incapaz.
Casi sin aire por la carrera, azotó la puerta de su casa y, sin decir palabra, subió las escaleras y se encerró en el baño. Nadie le prestó demasiada atención. Pasado un rato, bajó y se encontró comiendo vorazmente unas tostadas en la cocina, mientras Edna lamía sus crías. La sucesión de imágenes no le permitían diferenciar la realidad de sus pensamientos. No podía volver a su cuarto y ver a Gertrüd sabiendo que era otro el que disfrutaba de la calidez de sus hombros, de su espalda.
Decidió encerrarse en el taller donde su padre imaginaba nuevas piezas para las máquinas que producía la empresa familiar. De pronto se abrió la puerta y entró Kart con una enorme canasta que depositó en el suelo, cerca de la salamandra. Eran Edna y sus cachorros. "No pueden estar en la casa, hasta que aprendan a caminar. ¿Entendido?", le dijo. Josef asintió lentamente.
Detuvo la vista en su padre, ensimismado, aterrado por ese odio desconocido que no era capaz de comprender. En algún punto, se sentía más fuerte que nunca antes.
El sonido del fuego y el crujir de la leña encendida en la salamandra invadían el silencio de su angustia, la alimentaban. Sentía el calor del metal incandescente proyectarse hasta su frente, casi hasta quemarlo. Apretaba sus ojos con las manos, mordía sus labios al punto de lastimarse, pero nada detenía el sabor amargo de su odio. El llanto apagado del más pequeño de los cachorros fue el detonante de esa fuerza que nunca más pudo controlar.
Miró por encima de la leña y vio los guantes de amianto de su padre. Cerró los ojos en una lucha interna sin sentido. Todo daba vueltas en su cabeza: el fuego, Gertrüd, el beso, Feldman, los guantes, el llanto, las crías, la salamandra, el grito desesperado del animal, el fuego. El fuego. Ni siquiera tuvo fuerzas para cerrar nuevamente la salamandra o sacarse los guantes. Corrió sin parar hasta salir de su casa y respirar el aire húmedo de la noche de Gunzburg.
Volvió a ver a Gertrüd mucho tiempo después, en un campo en las afueras de Cracovia. Apenas podía caminar cuando bajó del tren, cubierta por una gabardina exhausta por el uso. Él lucía radiante con su guardapolvo blanco. Ella nunca lo reconoció, pero Josef la siguió con la mirada, recordando su espalda, sus hombros. Sonrió mientras la vio desaparecer en las barracas, junto con el resto de los prisioneros. Pasaron más de treinta años hasta que el agua de Brasil ahogó definitivamente su odio. Cuando lo encontraron cerca de San Pablo, flotando en el anonimato, ninguno de los curiosos supo que su verdadero nombre era Mengele.
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