Ayer estaba en medio del campo, tranquilo, en un día glorioso de sol fresco, de descanso y charla con amigos y colegas, con buen vino y mejor comida. Hasta el metegol, que se llevó buena parte de la tarde, resultó un pasatiempo sorprendentemente eficaz. Sin embargo, algo fallaba en esa escena. El tiempo no terminaba de pasar.
Desde alguno de los cajones de mi cabeza la relatividad vino en mi ayuda: una hora con la mujer más hermosa parece pasar en cinco minutos; cinco minutos sentado sobre una estufa caliente parecen mucho más que la más larga de las horas. ¿Qué extraña fuerza sino ella había convertido ese encuentro que tantos envidiarían en una elástica condena de tiempos muertos?
A unos cuantos kilómetros de donde estaba, Internet mediante, un reloj cronofágico, maravillosamente disfrazado de cuento, me invitaba a seguir pensando en la relatividad del tiempo y, por qué no, de la (im)paciencia.
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