viernes, 12 de junio de 2009

Dos veces


Si alguien me hubiera dicho “hoy puede ser un gran día”, incluso sin que el guionista pusiera la canción del innombrable con sus trémolos insoportables (razón suficiente para que no sea un gran día), no le hubiera creído.

Era un día sin nada especial. El gato me despertó con un aterrizaje forzoso en la cara. Yo no sé si es que con el aumento de tamaño el bicho se convenció de haber mutado de gato en vaca y de rumiante en oso, pero lo cierto es que cuando te cae encima se parece bastante a todo eso. Pues a levantarse, ponerle comida y agua, y volver a la cama vacía. Muy vacía. No pude volver a dormir, así que me levanté.

Cuando terminé de afeitarme tenía un leve dolor de cabeza. Traté de dejarlo en el taxi, mientras leía, pero seguía firme. Oficina, mate, consulta de aquí, llamado de allá pero ese dolor perseverante no aflojaba. Me entregué temprano a la magia del migral (aliado incansable de esos días, aunque el médico lo repudie), pero algo me faltaba, alguna ficha no caía en su lugar.

Estaba saliendo de ver a mi jefe que me llamó por un memo. Caminando por el pasillo, me acordé del sueño de esa noche. Claro, cómo no acordarme en ese pasillo, de todos los pasillos posibles. No son muchas las veces que repito un mismo sueño. Creo que si recuerdo dos o tres en mi vida, es mucho decir.

Una inmensa montaña de libros y dos personas, hombre y mujer, a cada lado de la montaña, usando cada libro para trepar un poco más hasta la punta y encontrarse. Lo soñé por primera vez hace varios meses (parece mentira que sean meses ya). Hermoso encuentro; increíbles besos. Tan lindas imágenes se merecen un cuento, pensé. El dolor de cabeza se había ido.

Le mandé un mail y la esperé para mostrarle una nueva versión de algo escrito hace tiempo. ¿Cómo puede tu cara sonriente cambiar mi día de este modo? Juro que pensé en preguntárselo, pero me dio vergüenza. Qué cómoda parece la autosuficiencia a veces, pero de pronto se derrumba cuando te das cuenta de que te pasan cosas como esta. Un sueño, una sonrisa y el día luce de otro modo. Y siguió de ese modo.

Era el día de otro gran intento. El guionista me había dado un papel chiquitito, casi de utilería, pero lo que valía era estar ahí para verla. No sé si se habrá dado cuenta de cómo la miraba en el taxi. Calculo que sí, porque ya me conoce a la legua. Estaba contento. Ella no podía con su genio.

Me cociné algo rico para premiar la ocasión. Herví el arroz, dejé que se enfriara, preparé las láminas de algas y seguí el ritual de enrollar para matar el tiempo. No dejaba de mirar la hora. Estaba impaciente, quería saber cómo le había ido.

Mensaje de texto. Los nervios de esperar que el aparato vibrara. ¿Te gustó? Sí, el profesor era bueno. Alguno que otro tema con las compañeras, pero buena onda con el intento. Lindos mensajes; lindos recuerdos.

Tengo muchas ganas de presente, casi se lo escribo. Pero seguiré respetando sus distancias. Hoy fue un gran día.

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