Estaba sentada en el sillón de lectura con mis manos, húmedas de miedo, escondidas bajo los muslos. Era un cómodo Chester de cuero al que le faltaban varios botones, pero que mantenía una vejez digna. La puerta que separaba la estancia principal de la biblioteca estaba abierta de par en par convirtiendo aquel espacio, tantas veces íntimo, en un único ambiente de amplitud invasiva.
Lenta e imperceptiblemente la casa se fue llenando de olor a muerte. Esas coronas sin gloria que poblaron las paredes fueron, a fin de cuentas, las que me obligaron a abrir la ventana en busca de un poco de aire nuevo. Y así fue que pude verlos.
Estaban a no más de treinta metros de la puerta que daba al parral, estáticos uno frente al otro, vistiendo impecables trajes negros. Pese a la distancia, podía percibir cada detalle: la intensidad de sus miradas, el diálogo desafiante, el olor suave de la adrenalina en la piel, el frío del metal en sus manos. Los padrinos hablaban entre sí dando a entender que aquello era poco más que un trámite del que eran espectadores involuntarios. Nada hicieron por detenerlo. Intercambiaron algunas palabras (las reglas, supuse), sortearon las pistolas y dieron finalmente indicación de que cada uno se alejara, paso a paso, hasta que la cuenta llegara a cero.
Maldito número el cero, pensé, y mis ojos se bañaron de una angustia amarga, de un ardor de carne en llamas, al ver al amor agonizante de toda una vida y a la promesa incierta de una plenitud prohibida caminar hacia una escena de muerte que poco tenía de aleatoria.
Salté del sillón, atravesé la ventana abierta y corrí lo más rápido que pude. El vestido negro que me habían obligado a usar me ajustaba de tal modo los muslos que correr fue una odisea. Intenté gritar a la distancia, pero mis palabras parecían deshacerse en el viento. Nadie se dio vuelta, nadie paró esa caminata inexorable, nadie escuchó la desesperación con la que quise advertirles que ya no hacía falta. Cuanto más trataba de acercarme, más vacías mis palabras.
El sonido de los disparos me frenó con un golpe seco en el abdomen. Para cuando pude recuperar el aliento, mis pulmones se llenaron de pólvora quemada. No sabía si era yo quien había muerto. La combustión exhausta de esas pistolas parecía burlarse de mi vista. Dos nubes de un humo gris y espeso, separadas unos quince metros una de otra, quedaron suspendidas en el aire, mientras uno de ellos caía lentamente.
A medida que se acercaba al suelo, su cara se iba volviendo cada vez más joven, el tiempo iba retrocediendo. Vi el traje oscuro, antes entallado, flamear como si el abatimiento le fuera robando su relleno. Todas las marcas de aquella madurez temprana se fueron borrando de sus ojos, de sus manos, de su pelo y de su frente. Una metamorfosis invertida hizo que ese hombre, cada vez más ajeno, cayera muerto adolescente.
Dos o tres gotas de agua fría me arrancaron de ese sueño. Estaba otra vez en el sillón, con mis manos todavía húmedas y en medio de un silencio de invierno. Volví la mirada a las paredes florecidas y a los falsos penitentes que iban poblando la casa. El párroco, entre ellos, salpicaba con agua bendita la tapa del ataúd que estaba cerca de la puerta.
Con gran esfuerzo me paré. Confundida todavía, froté mis manos contra la falda del vestido para secarlas; traté de apartar las lágrimas de mis ojos con las mangas y me acerqué al cajón, mientras veía a uno de mis cuñados preparándose para abrir la tapa de madera. Todo estaba listo para el velorio, pero nadie me veía. Sentía flotar la hipocresía de una condena escondida en las miradas por una muerte que ni siquiera yo terminaba de comprender. Con cada paso sumaba la carga de un nuevo cuadro en aquella obra odiosa. Familiares y amigos acongojados por sus propias vidas; por el sismo insoportable de quietudes complacientes; por no haber intentado jamás lo que secretamente se proponían.
A medida que me aproximaba a los pies del cajón se iba cerrando una pared humana sobre él, que me impedía ver con claridad el resto de la sala. Todavía con miedo por el sueño que me perseguía, me animé a bajar la vista. Tenía un traje oscuro de alpaca pesada y sus zapatos brillaban como el día. Respiré más aliviada, a pesar de la congoja, pensando que me había liberado de los rezagos de aquella pesadilla del duelo. Seguí la cadencia de los botones blancos de la camisa hasta llegar al cuello hasta que el terror se apoderó de mí. Una vez más quedé sumida en el asombro y en la angustia de lo incierto. Otra vez esa cara joven de otros tiempos, ya lejanos, dolorosamente ajenos. Acaricié con ternura sus manos, siguiendo la fina forma de sus dedos hasta sentir el frío intenso de la alianza. Desbordada por el llanto, quise volver a mi rincón de culpas y desconcierto.
Me abrí paso entre la gente, buscando salir del encierro, pero nadie se movía. Era difícil respirar. Detrás de mi familia política, pude ver al cura mientras recargaba su diminuto hisopo de plata. Pensando en el anillo me pregunté qué otras muertes por bendecir había en aquella sala. Sus estocadas se dirigían hacia el ángulo que formaba el ventanal con la pared del comedor, donde estaba de pie mi hermana. Me abrí paso con esfuerzo para ver ese rincón. La poca luz que quedaba de la tarde me mostró la fuente de todos los silencios, de lo esquivo de sus miradas que nunca me tocaban. Detrás de unos atriles y bajo una pesada cruz de alpaca, un segundo cajón, que no había visto desde la biblioteca, completaba la escena. Horrorizada, corrí a abrirlo con lo poco que quedaba de mis fuerzas.
Jamás podré olvidar cómo se veía ese pelo lacio sobre el blanco del vestido; o el entrecejo fruncido, ya cansado, que tanto contrastaba con la placidez de lo inerte. Más joven, sí; no tendría mucho más de veinte años. El horror de aquella tarde se impregnó de un llanto desconsolado sobre la imagen de mi propio cuerpo muerto. Atiné a pensar que, allí tirada como estaba, había pagado el precio de su muerte con la mía.
Sin saber por qué, busqué de nuevo el sillón de cuero; como si todo naciera y muriera allí. En el recorrido de mis ojos lo encontré parado cerca de la ventana, con el rostro todavía adulto de aquella mañana. Me miró sin poder verme. Sus ojos me atravesaron sin encontrar nada de qué asirse, como si la imagen de mi ser fuera un espectro ininteligible dibujado en otro espacio, en otro tiempo. Yo traté de hablarle pero de nada sirvió. Mis palabras, mis deseos y mis miedos deambulaban, ya desde hacía mucho tiempo, en un mundo paralelo en el que él no podía verme.
De pronto, sentí una mano firme que rodeaba mi cintura y me acercaba en un abrazo sereno. Su piel desafiante invadió mi cuello y mis manos abrazaron sus muñecas. La proximidad de sus palabras al oído me permitió ver el otro rostro de aquel duelo, en el que permaneció parado y firme, tras la nube gris de un disparo certero. Lentamente me dio vuelta y me besó con una ternura todavía prohibida.
Hasta el día de hoy no sé distinguir si fueron minutos, días o semanas lo que tardó el sonido de los caireles agitados por el viento en despertarme de aquel sueño escondido dentro de otro sueño. Cuando abrí finalmente los ojos, estaba en mi sillón de cuero con un libro de Frost abierto sobre las piernas. Tal vez fueron las líneas finales de un poema cuyo nombre no recuerdo las que me llevaron a la imagen de ese duelo:
…Two roads diverged in a wood, and I,
I took the one less traveled by,
And that has made all the difference.
Hubo un duelo aquella tarde, es verdad. Pero no había reclamado cuerpos, sólo una decisión. Una a una fueron desapareciendo las imágenes de muerte; también desapareció el tormento. Pude acercarme a la ventana y abrirla para comprobar que allí estaban, por fin, el celeste y el verde inmenso de mi calma.
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