martes, 30 de junio de 2009
Corriendo
Miré la computadora y como no estabas me fui a correr. Me puse las zapatillas, un buen abrigo, los auriculares y a la calle. Doblé por Salguero, pasé por la pizzería de la esquina en la que empezaba a juntarse gente y para cuando llegué al bajo las piernas me llevaron solitas, sin que hiciera falta que les explicara el camino.
Crucé la avenida y, en lugar de hacer los treinta metros que me separaban de la puerta del gimnasio, doblé a la izquierda y caminé una cuadra hasta Cavia. En la esquina, doblé a la derecha y empecé un trote lento y sostenido hacia Castex, como para entrar en calor mientras seguía el recorrido de la reja. No tardé mucho en dar la primera vuelta. Cuando llegué a la esquina de Casares no pude hacer otra cosa que meterme en la plaza. Ya era de noche y seguro estaban por cerrarla, pero tenía que entrar.
Tardé un rato hasta que encontré el árbol de aquella sombra inmensa. Ya está sin hojas por el frío, pero qué lindo árbol. Me acordé del pasto fresco, de las manchas verdes en la ropa, de estar tirados con las camisas afuera en una charla de fantástica sintonía. Busqué tu mirada, tus labios y hasta la suavidad de tu cuello en el viento para quedarme acurrucado un rato. Pasaron como diez minutos hasta que pude recomponerme y seguir trotando.
Correr por las tardes se ha convertido en la disciplinada metáfora de ganarle al tiempo separados. Espero que pase rápido lo que sea que falte para estar juntos, porque te extraño mucho más de lo que puedo explicarte.
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